Fotos: MdS
 
Fotos: MdS
 

 

 

 

 

 

 

 

 

2 de abril: Todos queremos con Amanda Tannen

And when you are naked in the dark
I want to see your face in the reflection of my bedroom stereo,
Sweet troubled soul

En Philadelphia hay tres sitios donde uno puede ir a ver bandas alternativas. Uno de ellos se llama Theater of the Living Arts y está en el área indie que es a Soho como Ana Guevara es a Tonique Williams. Ahí ví a Interpol hace como dos años y desde entonces no he podido regresar. Otro es el Electric Factory, hacia el norte de Philly y cerca de los bares donde hacen teiboldance. El lugar es padre, es como una nave industrial reconvertida y es el lugar idóneo para bandas que no pueden llenar estadios pero cuyos fans harían mierda a un local más pequeño. Ahí fui a ver a los Killers, desgañitándome junto con todos mis compañeros nihilistas y borrachines, llamando a un número en México que ya había borrado de mi celular nomás por el gusto de joder y que del otro lado también oyeran All These Things I’ve Done. El lugar a donde más veces he ido, y por ello considero el mejor, se llama Trocadero y está en la 10 y Arch, en el corazón del barrio chino. Como a dos cuadras está el Centro de Convenciones donde Terry Gilliam filmó la escena del aeropuerto en Doce Monos – ¿se acuerdan?, donde matan a Bruce Willis al final de la película, lo cual constituye la resolución del misterio central de la historia -. Del lado izquierdo del Trocadero, sobre Arch hay una tienda donde venden bolsas de videocasetes con 30 películas de Kung Fu y películas porno mezcladitas por 10 dólares, igualito que en Plaza Meave. En la acera de enfrente hay oficinas legales para regularizar asuntos de inmigración y en la otra esquina hay un restaurante donde los meseros no hablan más que chino y donde uno se tiene que entender apuntando hacia el menú con un dedo con la esperanza de que el camarero en cuestión entienda y no se sienta ofendido cuando uno masculla: pinche chino. En el Trocadero se presentó el año pasado Café Tacvba y habíamos como mil mexas, a cual el más jodido. En la primera planta que sirve como mosh pit se armó el slam, me hundieron las costillas a codazos y me jodieron el dedo medio del pie y me cae que absolutamente lo volvería hacer, y hasta iría con huaraches. Gritamos hasta que el individuo cuya denominación no recuerdo nos hizo caso y tocó lo que queríamos que tocara, a saber, el Puñal y el Corazón y una versión super prendida de Rarotonga.
Este año no había podido ir al Trocadero, pero bien valió la pena. Tenía boletos para stellastarr* y, según descubrí, a otras tres bandas que tocaron el mismo día y que me hicieron quedarme ahí bebiendo y cantando y llevando el ritmo por cuatro horas. Para que se lo imaginen, la geografía del TLA es muy parecida a la del Metropolitan, no el de Nueva York sino el del Centro. Es un teatro reacondicionado, cuya primera planta, donde supongo iban los fifís hace un siglo, se ha convertido en el espacio libre donde la banda hard core se pasa los conciertos meneando la cabeza con sabiduría y convencimiento. Como nota al pie, esa es una de las cosas que no entiendo del gabacho. Pagan su lana por ir al concierto, se echan sus chelas se las dan de acá y luego no se ponen locos. A lo más, le hacen al Beavis and Butthead y sacuden su greña y levantan la mano, pero no pasan de ahí. En fin, como sea. El caso es que así es el primer piso. Las columnas tienen grabados de Melpómene y Terpsícore, y si uno está cansado o siente que se va a caer, siempre se puede agarrar de las déstas de una musa. El segundo piso, i.e., el balcón, tiene un bar en la parte de atrás donde venden chela en vasitos de gelatina, y bancas tipo estadio para colocarse a gusto.
Dado que stellastarr* aun no tiene la fama que merece, no había tanta gente, y nos sentamos del lado izquierdo del anfiteatro. Abrió un grupo recomendable que nadie conoce y que suponemos se cree chistoso porque se hace llamar Moebius Band. Tocaron unas cuantas rolitas, después se fueron y los cuates logísticos se llevaron sus cachivaches. A los diez minutos entró stellastarr*. Y ¡madres!. Si ustedes son más vivarachos que yo, probablemente ya lo sabían, pero a mi me cayó completamente de novedad. Estos cuates tienen una bajista mujer, sabrosa y bien dada. Del resto de la banda no tengo demasiados comentarios. El baterista, Arthur Kremer, está medio mamey y tiene un asterisco tatuado en el pecho, de su lado derecho. Se ve como tenso y no me gustaría encontrármelo en la calle. Michael Jurin, el guitarrista de ritmos, me recuerda a Brian Moltko pero después de unas cóctel de Wisterol y Diabanol; el líder del grupo, Shawn Christensen, es parecidísimo a un alemán obsesivo que está acá en el tercer año del doctorado; este cuate – el alemán, no Christensen - no ha de tener oportunidad de hablar mucho con otras personas, porque es el típico que cuando finalmente consigue arrinconar a alguien, no los deja ir. Pero estoy divagando.
A lo que voy es. La textura que proporciona Amanda Tannen es insoslayable. De entrada, ella sí es lo que Playboy promete pero nunca cumple, la famosa girl next door. Mide como dos metros, es flaca y desgarbada, pero inclusive a cincuenta metros de distancia se le ven sus formitas de mujer. Trae su cabello castaño atado en una coleta que se nota no le preocupa demasiado, y al menos en este concierto salió con una blusita color vino que he visto en la calle mil veces. Toca con el desdén apropiado de un bajista y hace lo suyo con languidez espectral. Esto, sin embargo cambia cuando hace los coros que se contraponen al tono atrabilario y siniestro de Shawn Christensen; la voz de la Tannen suena fantasmagórica y feroz y cierra perfectamente el círculo que inicia con la frase I’m a jealous man, I can’t relate, she’s a doe eyed girl…. Así, mientras los dos guitarristas se tiraban al piso y sudaban y se acongojaban y al baterista le daba un ataque de apoplexia, ella paseaba mayestática sobre el escenario, indispensable y sexy. J.R. dijo al respecto: esa mujer es per-fec-t-a. M, jamás dispuesta a apantallarse contraatacó: esa mujer lo que necesita es un asesor de imagen, un buen maquillista y que alguien le avise que los noventas ya se acabaron. Claro que lo que con sus 25 años M no entiende que esa es precisamente la mejor característica de la Tannen. Que con ella el alma de los noventas, como si fuera el fantasma del padre de Hamlet, toma forma y busca venganza a través de una mujer a la que nadie le dijo que las calles han sido copadas por los autos neumáticos de los jipjoperos.

http://www.youtube.com/watch?v=uckZbPyixqc