Fear and Loathing in Amsterdam
“La noche repentina te vende falsas sombras… y cuando uno no ama compra”
G. Cerati
Recientemente O., quien también vive exiliado me platicó de un viajecito que
hizo a Ámsterdam. Su versión es más larga pero me dio licencia editorial para unificar
criterios. Hay que entender que el material presentado es esencialmente el suyo.
Me tomo, por otra parte, la libertad de acentuar lo que se me da la gana.
O. llega a Ámsterdam. Como buen contemporáneo, carga el ipod como quien trae un
respirador, y anda medio malviajado. Quien sabe quién le metió qué en su tanque
de oxígeno. Está en el punto donde ya no sabe si la música genera el mood o el mood
determina su elección musical. Saturación extra-sensorial. Es el problema de
tener un solo soundtrack para múltiples ciudades. Las sensaciones se confunden a
través de los distintos husos horarios y al final, todo sigue siendo igual aunque nada sea
lo mismo. Entrando al Museo de Van Gogh descubre que Wheatfield with crows le
provoca una impresión triste similar a la de Starry Night que vió en Nueva York. Eso es
un hecho, pero no sabe si eso es por estar en un país donde ni habla el idioma ni
conoce a nadie, o porque hace un mes estaba en Nueva Jersey o hace quince días
en Guadalajara. EWR, LAX, MEX, CDG, PHL. ¿Dónde jodidos está? Ah, sí. Ámsterdam.
La ciudad lo impresiona por lo denso y hacinado. Camina con los ojos rojos y la
cara pálida de una víctima del jet lag, y absorbe por ósmosis la historia y belleza
de las calles que parecen no haber sufrido el paso del tiempo ni la mano amistosa
de los alemanes. La vibra de Ámsterdam es un eco de su apariencia física, de su
pasado mercantilista y colonizador. Holanda es una nación que se parece a un Martini,
dos partes directa e impaciente, y una parte alivianada, ambas stirred, not shaken.
Indonesia, Surinam y otros pecados coloniales conforman el corazón de la Holanda
inmigrante de antaño, mientras que Marruecos, Turquía y África nororiental se
desparraman en las calles y le dan el toque final a una nación que parece
vagamente confundida. Después de ver un par de bares que le llaman la atención, O. decide
seguir por hasta el corazón de la ciudad, “Dam”, hasta la desembocadura sur del afamado Red Light District.
Hay de todo tipo, color, grosor, estilo y género, y esto solamente los peatones.
Ni hablar de las putas. Desde uno de los locales de sexo en vivo se oye en buen
aunque chocante inglés un grito de: ¡Inicie bien su semana saaaaaaanta! Grupos de
viejecitos que van de tour se ríen, divertidos, o gesticulan espantados, quién
sabe.
O. avanza siendo evaluado y provocado, fascinado con la belleza de unas y la
evidente enfermedad de otras pocas: junkies consumadas y consumidas, conviviendo
con big mommas y rozagantes hijas de familia. A veces la división entre fantasía y
realidad, ventanal y calle se pierde, como en las vitrinas del restaurante justo
en medio de sendos faroles (las dos comensales en aquélla ven divertidas el
espectáculo de imbéciles que arrastran la vista sobre ellas por pura inercia). Hay también
mucho tipo parado en esquinas o deteniendo árboles. Alguno que otro al pasar susurra
do you cook? Otro simplemente dice: wanna coke?. Hay para todos los gustos.
O. continúa caminando y a punto de salirse del distrito, habiendo dado dos pasos
decide volver. Se siente obligado a por lo menos preguntar el cuánto y el cómo y
el por favor y satisfacer por fin la curiosidad intelectual que lleva buena parte
de la noche quemándole las vísceras. Camina según él, desenfadado. Ve en el marco de
una puerta roja a una mujer, de las que su amigo A. denomina gordibuenas. O.
piensa: a ese güey le hubiera encantado. A veces los tributos no son todo lo presentables
que uno desearía. Si bien O. sabe que la decisión de jugar a la ruleta fue producto
de su propia calentura también quiere pensar que le apostó al doble cero por
solidaridad con la causa de su bróder ausente. O. se detiene enfrente de la
mujer para mover su cabeza en la señal universal del ¿cuánto cuesta?, señal que espera
no se confunda con el ¿qué te traes? o el más triste tengo un tic. Ella saluda
plácida y tranquila, y lo invita a pasar. Contesta su pregunta tácita con: 50 euro, Suck
and fuck Twenty minutes, three positions. Aquí es cuando dicen los franceses: les
jeux sont faits. Cierren sus apuestas.
O. responde: no me interesa el fuck sino sólo el suck. Ella responde: 40 euro,
Ante la duda de O., ella añade: 20 minutes is a long time. O. dice que ¡va! pero que
necesita usar el baño primero. Ella señala una puerta que cruza un par de
arbeitplätze aledañas y en donde al fondo se ve la entrada de los servicios.
Entra, orina, y revisa su cartera: cuarenta euros exactos. Recapacita y recuerda sus épocas adolescentes: ¿sucky sucky con condón? No mamen. Pero bien sabe que el problema
no es sólo éste. O., como se dice, trae equipaje y sabe perfectamente que con la
policía del Karma no se juega. La verdad es que ninguna putita rinconera, por
más buena que esté y por más esquina que domine, puede con la paranoia de un hombre
que le teme a la agencia que todo balancea. Cambia de opinión y se lo dice a la
mujer.
Ella lo ve con paciencia y sin quejarse; O. se esfuerza en explicar que no es un
asunto de dinero y que por favor lo disculpe, y que gracias por dejarlo usar el
baño. Ella abre la puerta sin rencor alguno y lo deja ir. Sacudiéndose las
solapas, O. sale de nuevo, a perseguir de nuevo su noche perdida.