Manejar como gringo
El fin de semana pasado fui con L. a Delaware, quien además, la noche anterior había estado haciendo guardia nocturna. Ergo, el responsable de llevarnos a nuestro destino fui yo. La verdad, aún no me recupero de la impresión. No se si han manejado en Estados Unidos. La experiencia no tiene nada que ver con manejar en México, en especial si estamos hablando de carreteras en la costa este.
Para empezar, no hay esta sensación de misterio y aventura que normalmente asociamos con salir a carretera en México. Los mapas, la Guía Roji, el telefonazo al amigo que vivía cerca del pueblito donde vamos, las preguntas obligadas al tipo de la gasolinera, y/o a los bróders que venden cocos o quesos o gorditas de nata, forman parte esencial de la experiencia carretera mexicana. Ya saben, las instrucciones barrocas que nos da nuestro primo o la tía autista: mira mijo, cuando llegues a la farmacia, te das vuelta no en la calle principal sino una más chiquita donde hay una señora que vende tamales. Esa calle te lleva a la salida a Texcoco. ¿Qué? No, si ya sé que no vas a Texcoco, pero es que así es más fácil para mí explicarte. No hay manera de depender únicamente de los señalamientos porque una de dos, o no los hay, o los montaron durante el sexenio de Ruiz Cortines, ahí durante el desarrollo estabilizador, y las letras ya se borraron, se las comió la herrumbre o de plano los lugareños se llevaron el letrero porque la lámina esa se veía buena como para hacer un comal. Y no hablemos de letreros que indiquen cómo llegar a pueblitos secundarios. Eso ni pensarlo. En México, o se va a la capital y se sigue el jalonamiento, o se va uno a cualquier otra parte y se rasca con sus uñas. Es más, creo que las únicas señales que hay son las que dicen cosas como: México DF Muchoscientos kms. Podría uno estar en Nuevo Laredo o en Tecolutla o en Tonalá o en Santiago Papasquiaro y siempre habrá un letrero que indique la dirección y distancia que lo separa a uno de la capital.
Nada de eso es cierto en el gabacho. Las señales para llegar de un lugar a otro son tan claras que llegan a ser insultantes. Diez kilómetros antes de que a uno se le ocurra que quizás haya que buscar la salida, los planeadores gringos ya colgaron tres letreros diciendo qué distancia falta para la salida más próxima, y su frecuencia de aparición aumenta conforme uno se acerca a la salida deseada. Ergo, no hay necesidad de preguntarle nada al señor de las coyotas. Las vueltas son comodísimas y no hay esta pretensión mexicana de añadir emoción al viaje mal peraltando una curva - ¡uy! ¿La pera? ¡Es peligrosísima!…No sabe usted la de gente se ha desbarrancado ahí…¡es un orgullo nacional! - o poniéndole el mismo nombre a dos pueblos esperando que los sufijos clarifiquen la situación para el fuereño –A ver, ¿usté quiere ir a San Miguel Totolapa el chico o a San Miguel Totolapa el grande? -. Manejando de Philadelphia al pueblito al que fuimos, me limité a seguir las instrucciones que habíamos impreso en yahoo! y a aburrirme como una ostra. Podría haber puesto un chimpancé a manejar y con seguridad hubiera llegado, ahí o al pueblito más cercano. Tristísimo, de veras.
Otra cosa muy interesante es que los gabachos constructores de carreteras tienen un sentido sumamente refinado de la ironía. Solamente así se explica cómo teniendo carreteras de ocho carriles donde cada carril tiene el ancho de dos microbuses, el límite de velocidad sea de 120 kilómetros por hora. La verdad, yo sentía que me podría haber bajado del coche y corrido más rápido. Ni siquiera es que estos batos tengan montañas y que por ende sea necesario bajar la velocidad porque el campo visual está limitado. La costa atlántica gringa es tan plana como Anabel Ferreira y la carpeta asfáltica está más estirada que el CEN del PAN y de todas maneras…el límite de velocidad sigue siendo 120 kms/h. Y violar la ley está canijo. Los desgraciados de las patrullas estatales mandan plantar unos arbustotes en la línea central de la carretera para esconder sus patrullas y poder agarrar a la banda que está pasándose de la raya. Completamente ridículo. Yo me la viví en un terror sagrado viendo la carretera y viendo el odómetro y esperando no confundirme con kilómetros o algo así. Me imaginaba que en cualquier momento me aplicaban la Rodney King, y pues yo quería evitar eso a toda costa.
Manejando dentro de la ciudad es otro show. Resulta que estos cuates se clavan en la textura, y esperan que los conductores respeten todas las señales, pase lo que pase. Por ejemplo, los círculos que en México dicen ALTO y que sirven para que la gente se recargue, acá se respetan y hay que hacer efectivamente un alto total en cada maldito circulito. Hay calles que estén repletas de ellos, y uno maneja de la misma manera que Echeverría manejaba la economía en los setentas: freno y acelerador. ¡Brooom! Freno ¡Brooom! Freno ¡Brooom! Freno ¡Brooom! Freno. Y así. Lo peor no es eso, lo peor es cuando la calle transversal se extiende diez kilómetros a cada lado, no hay nada que obstaculice la visión del conductor y el copiloto se pone histérico y empieza a gritar: full and complete stop! full and complete stop! nomásporque uno no hizo alto total, sino una reducción estratégica de la velocidad. Nefasto. Lo mejor que me pudo pasar fue poder regresar el coche a Hertz y volverme una vez más peatón, con el derecho de correr tan rápido como se me de la gana, y pasándome por el arco del triunfo las señales de tránsito.