Guardia nocturna
La fase terminal de toda salida exitosa es la que llamamos los munchies. No basta para el insomne ambulante haberse puesto impertinente, bebido el dinero que no tenía ni haber manoseado a quien ni siquiera debería haber volteado a ver. Lo importante en esta fase cuando el vodka nos sabe a agüita es poder comer algo sustancioso y de hombre muy hombre. Viviendo en México y conociendo el ambiente, la misión no es nada difícil. El Chupacabras, El Paisa, Los Arbolitos o El Cuñao siempre cumplen estoicamente su misión sagrada de alimentar al ebrio. En una de esas, hasta el Vip’s les puede hacer un paro. Pero…¿y para el exiliado en Philly?
La respuesta es sencilla, una vez que uno sabe cómo plantear la pregunta. La más inmediata es ir a al Mickey D’s de la 40 con Walnut– vulgo, McDonald’s – y pedir algo del menú limitado que sirven a las tres o cuatro de la mañana. Hay que entender, sin embargo, que a esa hora, el personal de Mickey D’s tiene el inconveniente de haber salido de un centro de educación especial. Y antes de que se pongan locos y me quieran aplicar la Olallo Rubio y lincharme en la pira de la political correcteness hagan introspección y contesten. Sinceramente, ¿les gustaría que al llegar ebrios, intransigentes y tambaleantes a su taquería favorita alguien aún más incoherente e inconexo que ustedes les tomara su orden? ¿No, verdad? Pero bueno, eso es aparte. MDs como virtud fundamental tiene el hecho de que todo lo que sirve viene recién salido de una freidora, y esa comida que ni muertos tocaríamos al medio día sabe a gloria en las horas previas al amanecer. Alternativamente, si tienen coche y están en lo que los gabachos llaman la tri-state area - que consta de Jersey, Nueva York y Pennsylvania – pueden ir a White Castle, donde las hamburguesas son de a tres por dólar. Ahí ustedes saben.
En Philly, la mejor opción son los diners, merenderos de medio pelo que abren las 24 horas. Hollywood los ha inmortalizado. Todas las operaciones cuestionables del cine noir inician en un diner. Quentin Tarantino a la menor provocación coloca a sus personajes en uno. Ninguna road movie está completa sin que los personajes se detengan en una subespecie del diner, el afamado roadside diner, donde almuerzan motociclistas, traileros y a veces Johnny Depp y Benicio del Toro. Esto claro, es la versión del glamour. Los diners, vistos objetivamente, son lugares nefastos. En Philly normalmente son propiedad de un griego, su mujer y una hija que invariablemente sufre de hirsutismo. El griego comanda la cocina, majestuoso como un Haefestos de la parrilla, arrojando sobre ella un río interminable de huevos y tocino y aceite que hierve con la furia de un titán. Su mujer es siempre como Hera, maquinante y en una eterna batalla por el control de este pequeño Olimpo. La hija normalmente es la cajera y no tiene más proyección que la que su padre quiere que tenga. No falta, por otro lado, la mesera gringa cincuentona malencarada y recia que sin embargo, es la personificación de la eficiencia y el control; también hay la estudiante universitaria que está completando sus gastos con las propinas de borrachos que para bien o para mal no saben contar. J. me comentaba que en un diner cercano a su escuela hay una mesera que tiene tatuado en el cuello el nombre de su ex – novio, y que en alguna ocasión, salió corriendo desconsolada y llorosa porque uno de los clientes estaba estrellando en el piso la vajilla, plato por plato.
La mejor opción en un diner es pedir lo que uno pediría para el desayuno: a saber, una orden de huevos revueltos con sausage- un embutido execrable que cuando se fríe adquiere un color que varía entre el gris, el verde y el pardo- pan tostado y café con crema. En Philly siempre está la opción de pedir scrapple, que se produce con los restos del cerdo que el matancero considera que son indignos de ir en una salchicha. Como dije antes, ahí ustedes saben. Sin embargo, al cabo de cinco años les puedo decir que esta dieta nocturna se vuelve deseable, al grado de que uno puede llegar a volverse alcohólico solo por el hecho de tener un pretexto para echarse unos huevos con tocino a las cuatro de la mañana. Los diners terminan siempre por llegarle a uno al corazón.
Las anécdotas dinerescas abundan. En diciembre pasado, en un diner cercano a la universidad, que de hecho es operado por egipcios, un tipo le metió un tiro a otro. Las investigaciones indican que todo ocurrió igualito que en la cantina de Mos Eisly, en la Guerra de las Galaxias (la original):
-Oye…
-¿?
-No me agradas.
- ..Mmm..Ok.
-A mi amigo tampoco le agradas.
-¿? Hmm. Lo siento.
-¡Siente esto! Blammo! Blammo! Blammo!
Y pues ya. En este mismo diner de la muerte acabamos un día A, B y yo. B es un francés que yo juraría se escapó de la toma de Dien Bien Phu, un hijo de puta de dos metros veinte y como 100 kilos que por motivos que sólo él entiende se expresa en inglés usando vocabulario étnico – léase, de negro-. Llegamos pues al diner. A. iba sumamente frustrado porque me había seguido lealmente a través de tres bares en la cacería de una chava que finalmente no dio su brazo a torcer, y en la que él no quería realmente participar. Yo venía doblemente frustrado porque había ido a través de tres bares en la cacería de una chava que finalmente no dio su brazo a torcer, y en la que yo no quería realmente participar. B. venía simplemente jarra. Nos sentamos. Ordenamos. B. pidió a gritos que le trajeran scggapple porque era, decía, idéntico a comer pied du cochon. La mesera cometió el error estratégico de hacer contacto visual con B. B la miró de arriba a abajo, la evaluó y le dijo, conocedor: ¿Sabes? Con ese cuegggpo debeggías tggabajagg en un teibol. Ella, comprensiva, le dijo: fuck you, y se fue a la cocina a traer nuestros platos. Al menos no se trajo de vuelta al egipcio armado de una espátula. Lo único es que yo nunca había comido huevos revueltos tan, pero tan verdes y tan pero tan salados.
PS: Para la experiencia completa, les sugiero que escuchen un disco de Tom Waits que apropiadamente se llama Nighthawks at the diner.