Tango, rancheras y psiquiatras

“Aunque te quiebre la vida,
aunque te muerda un dolor,
no esperes nunca una ayuda,
ni una mano, ni un favor.”

Enrique Santos Discépolo en el tango “Yira”.

Datos recientes señalan que Argentina tiene el mayor número de sicólogos per capita en el mundo. Nada para sorprenderse. Es absolutamente normal que el país de los tangos genere tanto loquero. 

Si escuchamos con un poquito de atención la letra de este tango “Adiós muchachos” de César Felipe Veldani y que tan famoso hizo Carlos Gardel, nos debe quedar claro que la vida del protagonista de la canción hubiera sido mucho más amable si hubiera contado con la ayuda de un buen terapeuta.

El asunto básicamente está así; después de soltarse a lloriquear con sus amigos porque está enfermo debido, por lo que se puede inferir, al haberse entregado con gran alegría a los placeres de al vida, se pone a hablar en el mismo párrafo de su mamá y de su noviecita que tanto idolatró. A las dos se las llevó dios, el juez supremo a quien no hay quien se le resista, y a nuestro protagonista le deshizo la vida. Descontando la cuestión edípica evidente de alguien que se acuerda de su novia inmediatamente después de acordarse de su madre, está la megalomanía del muchacho este que cree tener atención personalizada de dios. Todo un caso.

La historia del tango es la historia de los argentinos quejosos, pero hay algo que me hace pensar que en el resto de Latinoamérica la cosa no es tan distinta. Vamos a hacer una elipsis espacial y pasemos del Río de la plata al terreno ubicado entre el Bravo y el Suchiate.

Hace ya bastantes ayeres estaba yo en una playa, quizá Maruata o Chacahua, con una chica sueca que se resistía con prestancia a mis galanteos. Aprovechando la situación (la playa, una guitarra, la puesta de un sol naranja arrebatado bajo un cielo azul índigo) me solté a cantarle esa de “Cuando salga la Luna” de José Alfredo Jiménez, al terminar mi interpretación, que había tenido como público a ella y a las palmeras, la chica se mostraba satisfecha, por decir lo menos. El punto es que su contento tenía menos que ver con la melodiosa tesitura de mi voz que con el hecho de haber descubierto una canción vernácula mexicana que no hablaba de un macho mexicano llorando porque su mujer lo había dejado.

“Si” me dijo con su español golpeado “siempre en todas sus canciones se quejan de que si la mujer lo dejó o que si el destino se encargará de vengarlo, esta es la única que he escuchado dónde el que canta se muestra agradecido de salir con la mujer con la que sale”.

Imaginemos a un grupo de mexicanos promedio que salió a comer un sábado a un restaurante de carnitas o barbacoa. Después de una comida generosa bautizada con cerveza deciden tomarse un mezcalito para el desenpance. Son las 4 de la tarde. Como puede intuirse estarán desenpanzando hasta las 9 o 10 de la noche. Las 6 horas de digestivos estarán acompañadas de un trío o un mariachi que al ritmo de a 30 pesos la canción, los acompañará mientras se desgañitan cantando “que nunca volverás, que nunca me quisiste, se me olvidó otra veeeeeeez…” En el colmo de la inconsistencia discursiva cantarán primero “Noooooooooooo volveré, te lo juro por Dios que me mira” para posteriormente desgarrarse las vestiduras al son de “Y volver, volver, voooooooooooooooolver a tus brazos oootra vez”. Alguno llorará y le mentará la madre a distancia a una ex novia cuyas ropas huelen a leña de otro hogar, otro más dará un trago largo a su tequila mientras sonríe satisfecho y dice “a güeeeeeeeeeevo”.

Dado que ya sabemos como nos gusta cortarnos las venas me sorprende que la estadística sobre sicólogos no sea tan alta en México (huelga decir que yo en lo personal si tengo un par de amigas estudiosas de la psique y desempleadas). Puede tratarse de una cuestión sociológica, en principio porque sabemos que tenemos pedos pero estamos seguros de que podemos sobrevivir a gusto con éstos en la espalda. Para muchos de nosotros la mera mención de la palabra psicólogo remite necesariamente a la palabra manicomio. Pondré aquí el ejemplo de mi mamá que, cuando fue llamada por el director de la primaria donde estudiaba y le fue comunicado que, pese a la mostrada inteligencia de su retoño, este era un desmadre y además era voluble y que quizá le convendría llevarlo con un terapeuta soltó una frase lapidaria: “no hay mejor sicólogo que el cinturón”. 

Quizá, más bien, sea el momento de empezar a dejar de quejarnos, a final de cuentas todo el mundo tiene problemas y no se a ustedes pero a mí ese asunto ya me da güeva.

 

           
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