¡Vamoh vamoh, Argentina!
Creo que desde México malinterpretamos a nuestros hermanos sudacas. Muchas veces creemos que son unos dandys, de gran estilo y que tienen apellidos elegantísimos como Ruggiero, Malpica, Bazaluzzo o Galtieri. Como elementos probatorios están Julio Cortázar, Ástor Piazzola, Alejandro Marcovich y Eva Duarte de Perón. Alternativamente, pensamos que son insufribles, insoportables y unos hígados absolutos. Como prueba de lo anterior tenemos a Ricardo Antonio Lavolpe – háganme el favor, ¡Ricardo Antonio! - Bruno Marioni, la selección argentina de fútbol y Juan Perón. Estos prejuicios perviven hasta que uno se topa con lo que los gringos llaman the real deal. La destrucción de los estereotipos es un caso clásico de crecimiento doctoral no académico, y creo que el ejemplo de los sudacas en general, y de los argentinos en particular es sumamente ilustrativo.
Tenemos en el doctorado a un compañero que se pone fúrico cuando tácitamente asociamos lo argentino con lo mamón. Se pone digno y dice: ¡no! ¡Los insoportables son los porteños! Resulta que nuestro informante indica que los porteños, i.e. los residentes de Buenos Aires Capital Federal, son como la “gente bien” chilanga, pero a lo bestia. Insufribles y con un sentido de entitlement que ni la guerra de las Malvinas les quitó. Traumados con la idea de ser la ciudad más europea de América, se creen dignos de homenaje solo porque sus pobres abuelos inmigrantes de Milán y de Nápoles se vinieron de polizontes en un barco de carga en el siglo XIX. Al contarnos esto, nuestro amigo argentino se enoja y dice: los de Córdoba somos distintos. Y no me digas ché, ¡boludo! No le gusta que le digan ché. No pronuncia las “llés” como “shé” y jamás lo he escuchado decir “¿víhte?”. De lo que nos platica, entendemos que Córdoba es como un híbrido entre el norte de México y la zona del Golfo, todo self made pero guapachoso, sin nada de tiempo para aguantar las veleidades de sus primos porteños. A este cordobés ni siquiera se le nota demasiado el acento, y se enoja cuando le digo cosas como: ¿óshe, me alcanzáh la sisha?
Hay que decir que desde antes de conocerle, ya habíamos tenido contacto con el espíritu más movidoso de Córdoba y que berreábamos como degenerados cada vez que oíamos a un cantante tristemente difunto de nombre Rodrigo. Suyas son dos rolas magníficas, una que es una oda a Maradona, apropiadamente titulada Maradona y que tiene la siguiente línea (en relación a la adicción sicotrópica del Pelusa): ¿si Jesús tropezó, porque él no habría de hacerlo? La otra canción que nos gusta es medio cumbiosa, se llama Soy cordobés y es genial para el guateque. Y justamente a eso voy. Los argentinos son los amos de las cumbias.
Quizás ustedes ya lo sabían, y si ese es el caso, pues miss miss quiero mi gis. Si, no…¡órale! Suenan exactamente igual que las cumbias mexicanas, pero en lépero. Aunque de repente dicen cosas ininteligibles como Pibe chuuuurro, tienen el instrumento ese que hace chiqui-chi chiqui chi chiqui-chi, cuando usan el bajo se oye mpau, paupaupau, mpau, paupaupau, y usan los metales igualito que en Como te voy a olvidar. Las voces son chillonas y nasales, y hablan del amor, del desamor y del deseo mal encaminado. En síntesis, igual que las cumbias mexicanas. Hay una que habla del derriére de una chica, y para describirlo dice: ella tiene un bombón asesino, es que es un bombón suculento, con ese bombón casamiento. En otra, un muchacho le pide una bebida a una cantinera que entendemos es atractiva, y dice: háceme un pete hacéme un pete, me comentaron que esa chica haces unos petes espectacular. Cuando estaba a punto de usar esa línea en una fiesta latina, mi amigo cordobés me dijo que mejor no porque en Córdoba “pete” es exactamente lo mismo que güagüis. Todo me quedó clarísimo. Con esta evidencia yo me quedo tranquilo que la hermandad de las naciones latinoamericanas va más allá de las vaivenes de Fox, Chávez y Kirchner. ¡Cumbia!