México DF, Miércoles 17 de agosto. Fly me to the moon.
¿Qué esperar del regreso? Antes de ponerse a pensar es preferible dejarse llevar por los acontecimientos.
Viajé por British Airways, salí de Madrid con escala en Londres. De entrada lo sabía, estaba convencido, en cuanto pusiera un pie en el aeropuerto de Heathrow, lugar donde debería pasar 4 horas esperando a que saliera el vuelo con destino a México, algún policía malencarado me habría de detener solicitándome mi pasaporte. Incluso había practicado la actitud resignada y algo mamona que utilizaría cuando eso sucediera. Cuando bajé del avión no habían policías malencarados, pero si tres guapas (muy guapas) señoritas, una de ellas se malencaró en cuanto me vio y me solicitó mi pasaporte, me desubiqué y la actitud mamona nunca apareció. Desconcertado le dije tartamudeando que por supuestísimo que sí le enseñaba mi pasaporte en cuanto lo encontrara (por mi cabeza pasaba la imagen del joven brasileño recién baleado por echarse a correr). Al final convencí a la inglesita de que no era un terrorista y de que me dejara seguir mi camino.
La cosa no empezaba bien. Llegando a la sala de espera se ponía aún más extraña. En las entradas de los restaurantes de comida rápida serpenteaban filas enormes de personas y había pasajeros que buscaban explicaciones con la gente vestida con los trajes esos que usan en los aeropuertos del primer mundo. Yo pasé un par de horas muy agradables en la sala de fumadores, charlando con una señora inglesa que viajaba a Estados Unidos a visitar a su hijo, con un tipo que regresaba a Buenos Aires y leyendo Rolling Stone.
Cuando se acercó la hora me aproximé a la puerta de embarque de mi avión. Por primera vez en mucho tiempo me encontré totalmente rodeado de paisanos. Otra vez no quise pensar y me concentré en que tenía hambre. Mientras esperaba mi turno para abordar trataba de dilucidar quien entre los que esperaba turno sería mi compañero de asiento. Cuando uno viaja solo no puede dejar de pensar en la posibilidad de encontrar al amor de su vida en un avión, un tren o un autobús, como en esa película “Antes del amanecer”, vi a un par de chicas con la esperanza de que ellas fueran las señaladas por el destino. La verdad se reveló al subir al avión. Yo tenía un asiento de ventanilla que estaba ocupado por una italiana de medidas descomunales (no lo se, quizá 130 de busto, 120 de cintura y 140 de cadera), su esposo, quien era aún más gordo, trataba de explicarme en un idioma que brincaba aleatoriamente del inglés, al español, al italiano, que era la primera vez que su mujer viajaba en avión y cuanto le gustaría poder ir en la ventanilla. Cedí el asiento no por caballerosidad, sino por un cálculo racional, si yo me ganaba la animadversión de los italianos y reclamaba mis derechos, nunca en las 12 horas de vuelo podría pararme al baño.
Cuando el capitán comenzó a hablar me quedó claro lo que sucedía abajo en los restaurantes de la sala de espera. La compañía que provee de alimentos a British estaba en huelga y no habría comida en el vuelo. A los pasajeros se les había extendido una oferta para comer gratis abajo, a mí nadie me dijo nada. En medio de mi mal humor conseguí que una de las sobrecargos me consiguiera un sándwich, que me fue entregado en secreto en una operación digna de un narcotraficante, no querían despertar la codicia del resto de los pasajeros.
Por supuesto no pude dormir, gran parte de mi viaje consistió en una lucha desgastante contra el italiano gordo por la posesión del descansabrazos y en ver series de televisión que ya había visto. Afortunadamente aterrizamos a tiempo.