Entre Masiosare y Chespirito
Cuando era niño hubo un momento que me hizo pensar que en alguna forma era diferente. Casi todos mis compañeritos cantaban el himno nacional de corrido y en la hora del recreo se preguntaban quien chingados era ese Masiosare, un extraño enemigo que profanaba con sus plantas (de los pies) su suelo (de la patria): quizá era un personaje malo de Mazinger Z o un extraterrestre perverso de Voltron. Yo no, a mis 8 años era perfectamente capaz de entender la construcción verbal que le otorga al extraño enemigo el carácter de sujeto que osaba profanar etc, etc, etc.
Mi curiosidad iba mucho más allá y me llevó a tratar de dilucidar el significado oculto en esas palabras decimonónicamente oscuras y rimbombantes escondidas detrás de una gramática entreverada. El clarín de bélico acento, el acero y el bridón que tenían que ser aprestados con celeridad, los centros (de batalla) que retemblaban al sonoro rugir del cañón. Ni que hablar de la patria que vio en sangrientos combates palpitar por su amor (de ella) sus senos (¿de ellos?).
Nunca me cuestioné la relación que tenía esta letra con lo que yo pudiera sentir o dejar de sentir por mi país. Mi preocupación era esencialmente semántica y lingüística. Hoy tengo posiciones al respecto, pero de eso hablaré en otra ocasión.
Lo curioso es lo contradictorio del alma (y el cerebro) humanos. Mi capacidad para comprender el lenguaje árido del himno nacional no funcionó en otros aspectos de la vida.
Al contrario de mucha de la gente educada que me está leyendo, Chespirito sí fue parte importante de mí infancia. Recuerdo las tarde-noches de los lunes en mis estancias en Chiapas. La excitación empezaba por ahí de las seis, cuando mis primos y yo sabíamos que iríamos a ver el Chavo. Luego la visita a la casa vecina, la casa de mi tío, que tenía la fortuna de tener un televisor. La televisión era encendida quince minutos antes de las 8 porque durante 10 minutos sólo se podía ver un punto de luz en el centro de la pantalla y era posible escuchar un zumbido, ambos indicadores de que la tele estaba calentando. Después de algunos minutos más de imágenes borrosas, empezaba la acción (algún día tendré que platicar de la pléyade de chamaquitos descalzos que se arremolinaba en la ventana de casa de mi tío para ver la tele desde fuera).
¿Qué tiene que ver El Chavo del 8 con mis preocupaciones lingüisticas? Durante varios años traté de entender una cuestión muy básica: ¿qué es un sonomás de papa? En algún momento pensé que podría ser una referencia malintencionada al señor que vive en el Vaticano. Quizá el sonomás podría referirse a algún vocablo indígena con significado peyorativo. Era un secreto escondido para mí como el Santo Grial o la misteriosa y repentina inflamación de los senos de Britney.
Tenía 20 años cuando sucedió, estaba yo tirado en mi cama navegando sobre una tarde de domingo que se negaba a dejarme en paz. Mi pensamiento derivativo regresó a la pregunta del sonomás de papa. De repente vino la iluminación a mi cabeza, vi la imagen donde Lucas le agradecía encarecidamente algo a Chaparrón Bonaparte y este le contestaba “no hay de queso, nomás de papa”. Mi mundo entero pareció derrumbarse ante el descubrimiento. La búsqueda de toda una vida había perdido su sentido por un error en el planteamiento de la pregunta.
Es la primera vez que cuento esto. Era necesario quitarme ese peso de la espalda.