Cuando uno voltea a ver hacia el norte y hacia el sur sobre Insurgentes, hay certeza de algo, que esta ciudad es inmensa, infinita, enorme, y en muchas ocasiones, monstruosa. Bajo esa premisa se pueden tener varias aproximaciones de lo que significa habitar en la ciudad de México.
Hoy, al caminar rumbo a mi casa, observé un coche con placas de Querétaro que prácticamente paró el tráfico debido a la presencia de una pareja gay que, sin pena ni gloria, se propinó un beso a mitad de la calle.
Cuando yo llegué a vivir a esta ciudad (hace 9 años) tuve a bien conocer a un par de jóvenes que, temerosos, me confesaron sus preferencias sexuales hacia sujetos de su mismo sexo, esperando, quizá, que al ser de provincia, el estado de alarma que aquella noticia me provocaría, habría podido compararse con alguna hecatombe ancestral.
Sin embargo, eso no sucedió, y no porque me considere una persona absolutamente liberal y tolerante, sino simplemente porque en aquel momento mi consumo de marihuana era tal que, sinceramente, no tenía muchos interesés más allá de que, a pesar de que a estos sujetos les gustara el "arroz con popote" o "hacer tortillas", me conectaran con alguna generosa "doña" que vendiera velas de mota cerca de la universidad. Así sucedió y todos estuvimos muy complacidos con el equilibrio que habíamos logrado.
La comunicación entre ellos y yo era un tanto cuanto confusa, a veces llegaba a pensar que todo había sido una broma y que ellas tenían novios y ellos novias, siempre hablaban de ellas cuando se trataba de ellos y de ellos cuando eras ellas, ¿ivón o iván? nadie podía estar muy seguro.
El caso es que una noche me invitaron a una fiesta donde la comunidad gay de la universidad se dio cita. Era la primera vez que tenía a mi alrededor tal cantidad de hombres y mujeres que no tenían ningún interés en el sexo opuesto, lo que me pareció absolutamente encantador, aunque con cierto grado de alienación y de reflexión sobre "lo que es natural".
El asunto es que entre dimes y diretes una chica de buen ver se acercó conmigo, estuvimos platicando buen rato, ella tomaba y tomaba whisky y yo, que en aquel entonces tenía una aberración al alcohol y un tremendo gusto por la foreveres pachequil, fumé y fumé varios carrujos.
Para cierta hora de la noche, la susodicha, que ya me había echado el ojo, quizó dar un paso más en lo que (y mucho tiempo después lo entendí) ella pensó era un acto de conquista, así que se sirvió un poco más de whisky, caminó hacia mí, se acercó a mi oído y susurró "quiero chuparte el chocho", se despegó de mi oreja, me miró a los ojos y se fue caminando hasta toparse con una de las chavas que me habían invitado.
Las dos me veían a los lejos, mientras yo pensaba "¿qué es el chocho?" e intentaba prefigurar aquella parte de mi anatomía que, evidentemente, nadie había tenido la delicadeza de nombrar como "chocho". En esas estaba cuando vi que la cara seductora de la chica se iba descomponiendo, para luego llevarse la mano a los ojos y darle unos cuantos golpes a la amiga que me había llevado a la fiesta. La vi acercarse de nuevo, había pensado ahorrarme la pregunta de lo del chocho, no quería parecer ninguna ignorante; en cuanto la tuve enfrente me tomó el hombro y me dijo "es que no sabía que no eras de ambiente, lo siento, lo siento" y se tapaba la boca porque se moría de la risa, siempre he querido pensar que de la pena que la embargó en esos momentos.
Le dije que no había ningún problema, se fue y yo partí al poco rato, quedándome con dos preguntas: ¿qué era el chocho? y ¿qué era ser de ambiente?
Ahora recuerdo ese momento y no puedo dejar de sonreír, pensando que en esta ciudad pasan muchas más cosas de las que uno puede o es capaz de asimilar, como a esos panistas queretanos a los que, muy probablemente, les haya amargado la tarde el ver a un par de "jotitas de papel" dándose besos pegajosos a mitad de la calle.