El sábado me encontraba en la casa de un amigo que ha decidido, espero que a bien, enfrascarse en la brega de eternidad o no sé qué madres (he trabajado con panistas pero no tengo buena memoria) y competir para conseguir la candidatura a diputado local del blanquiazul. Sea dicho de paso, la noche anterior me había ido a beber con un par de amigos, primero a un bar del centro que se llama "El patio de mi casa" (cuando uno menciona el lugar en su mínima expresión, o sea "El patio", hay algunos amiguitos, ya más mayores, que piensan que la cena-baile-show ha regresado y que quizá es posible ayudar a Don José José a saldar sus deudas para que se retire del ambiente artístico), luego fuimos a un lugar llamado Ruta 61, hoochie coochie bar, en donde misteriosamente vimos tocar a Alejandro Marcovich, que, la mera neta, sí está muy cabrón.
Total que entre la nueva onda del centro y el recuentro con uno de mis ídolos de adolescencia (porque han de saber, los que no lo saben, que yo intenté ser guitarrista) fui llegando a mi casa a las 4:30 a.m., por lo que la junta que mencioné en un principio, estaba pasando desapercibida para todo mi yo, que en el imaginario, se encontraba placidamente jetón, esperando que diera la una de la tarde para ir por el siempre bien ponderado tlacoyo de requesón del mercado de Coyoacán.
Pero no, estaba sentado en una sala, bebiendo té helado, intentado entender lo que se estaba planteando. De pronto, vi el periódico, se trataba del Reforma, y aunque detesto el mentado periodicucho, pensé que quizá con un poco de distracción podría conseguir concentrarme en la junta que se estaba llevando a cabo.
Tomé la primera sección y al ver el encabezado de las ocho columnas me quedé frío, pero nada se comparó con la sensaciones secundarias que se originaron al ver las fotografías que ilustraban la nota: una secuencia de un hombre en Chiapas que intentó cruzar un río para conseguir comida. En la primera foto se ve al hombre con el brazo amarrado a una soga que está atada al otro lado del río; la siguiente foto muestra al mismo hombre que se ha adentrado a las fauces del río, pero aún pelea por llegar a la orilla. En la última foto se puede ver como el sujeto pierde toda fuerza y es sometido al cauce violento del agua, para desaparecer para siempre entre lodo, maleza y más cuerpos inertes.
La concentración desapareció por completo, la cruda, las ganas de tomar té helado y discutir sobre las posibilidades de una candidatura local, mi estadío en una cómoda casa en las afueras de Metepec, uno de los municipios con mejores condiciones de vida del país, en fin, sólo podía sentir miedo líquido, era líquido, lo sé porque se movía en mi adentros con gran facilidad, por el flujo sanguíneo.
NO sabía muy bien a qué se debía la reacción: a la ofensa de ver esas imágenes dignas del Alarma en una publicación de corte serio y de distribución nacional; el recuerdo de que hay un mundo allá afuera mucho peor del que nos atrevemos a ver o cuestionar, sobre todo dada nuestra condición cómoda clase mediera; o la infinita prueba de que no somos más que un pedazo de carne imperfecto y completamente perecedero que no hace mas que pensar que es más de que lo es.
Regresé a casa con un atoramiento sintomático y ontológico, así que me zampé un helado de Chiandoni mientras pensé que no hay nada más delicioso que hot fudge con crema batida.