Estamos cenando, la noche no puede ser más aburrida, rodeada de una serie de ex compañeros de la carrera que, para ser sincera, me producen la más profunda de las huevas, (tampoco es todo su culpa, estudiaron en el ITAM y… se la creyeron) intento no ser grosera y escuchar con atención lo que tienen que decir.
En fin, la plática, que nos ha llevado a dilucidar desde los temas políticos de actualidad hasta lo cabrón que está cambiando el clima en la ciudad, me permite observar detenidamente a los asistentes a la mesa.
Ella y Él. Ella no puede ser más perfecta, no puede ser más hermosa, no puede estar más buena y, sin embargo, la veo y no puedo dejar de pensar en la canción de Miss Kittin Stock exchange woman que dice “the weal of high heals tears me apart, like a Harvard number 1 broken heart”. Él, nada bueno que escribir, así que no diré nada. A las otras dos chicas no las conozco lo suficiente.
La cabeza comienza a darme vueltas, he bebido mucho vino, evasión pop para estos momentos, lo único que falta es que Shakira suene en las bocinas del lugar, no obstante, eso no pasará, estamos en la Condesa, siempre ponen alguna colección de Chill out ¡la vanguardia musical!
Estoy convencida de que las cosas no pueden ir peor, hasta que una de las chicas comienza a azotar las manos en la mesa, entiendo el lenguaje corporal, lo uso todo el tiempo, a veces en exceso, lo que acompañado a mi torpeza motriz, me ha llevado a tirar botellas de vino completas… de las mesas de junto. No entiendo el manoteo, ni la mirada feroz, estaba tan ensimismada pensando en mi psicólogo y en su ineptitud para curarme de mi imposibilidad para decir “NO” (lo que provoca que termine en este tipo de reuniones), que perdí una parte de la conversación.
Total, la mujer, que fue educada en escuela de monjas, eso lo supe después, empieza a vociferar contra toda la mesa, Ella y Èl se miran de reojo, supongo que no saben que contestar; la otra chica prende un cigarro y mira hacia el piso, no entiendo qué es lo que la chica-NO monja acaba de preguntar. Entonces, como si la modulación vocal fuera un mito o un evento poco común, la chica-NO monja grita en un tono bastante molesto “a ver, ¿tú sí has tenido un threesome o también tu vida está tan de la verga como la de esta bola de güeyes?”.
Me quedo sin habla, mis recuerdos comienzan a tomar posesión de mi cerebro y una serie de imágenes se proyectan, así: tipo los mensajes que se mandan por medio de R2D2 en “La Guerra de las Galaxias”. Un pensamiento tras otro, busco en los raves, en las pedas, en los cumpleaños de mi primo Arturo, famosos en la familia porque ahí siempre se cumplía la sabía premisa familiar de “a la prima, se le arrima” o la célebre frase de la “Güera” Rodríguez Alcaine “préstame a tu hermana”; en las graduaciones, en las reuniones para “pasonearse” de coca, típicos de la post adolescencia (¿típicos?), los días de campo, las reuniones de estudio vespertinas, los laboratorios de la prepa, las canchas de fútbol, el baño de hombres, la biblioteca, el centro de computo, las excursiones en la secundaria, la entrega de diplomas y nada, ni un threesome, lo más cercano que se me ocurre es una ocasión en la que estaba cogiendo con mi ex y mi gato entró a la habitación, no nos dimos cuenta y debido al movimiento pasional, el gato tuvo a bien pensar que quizá algo malo estaba sucediendo, así que saltó directo a la cama, con sus dos patas prensó un pedazo de nalga del joven en cuestión, lo mordió y salió huyendo. Podía tratarse de una práctica sadomasoquista ¡qué sé yo! quizá sí había vivido un threesome y no lo sabía, pensé en preguntarle a la experta sentada en mi mesa pero me contuve, el tercero en acción era un animal y se podía generar una impresión equivocada del evento.
El asunto es que, la chica-NO monja nos hizo saber a todos que nuestras vidas eran un fiasco y que ojalá algún día expandiéramos nuestra mente y nuestro cuerpo, en aras de alcanzar un grado más alto del Ser.
¡Yo no sabía que aquello del threesome le traía a uno tantos beneficios! Ahora que lo sé, estoy dispuesta, si es necesario, a contratar dos putas para coger las tres juntas, eso no importa, mientras pueda llegar a un grado de conciencia superior. Los demás se ven molestos, creo que se sienten agredidos, con justa razón, supongo, a nadie que haya trabajado en Gobernación se le habla de esa manera.
Me despido de la cena convencida de sus palabras; otros amigos pasan por mí, he quedado con ellos de ir a un antro gay que está en Reforma. Al subir al coche me percato de que hay alguien que no conozco, una mujer que no había visto antes, saludo cortés y ella comienza a platicar conmigo.
Entre todo me entero de que nunca ha ido a un antro gay, lo que hace esta noche, una noche especial, yo sonrió, los labios morados del vino, me parece curiosa aquella emoción entrañable que se dibuja en sus pupilas, “es una antro cualquiera pienso” pero no digo nada, me concentro en los asistentes de esa noche, “a lo mejor hoy puedo conseguir un threesome” no descarto la posibilidad de platicar con mis amigos y convencerlos de las mercedes del suceso, empiezo a ver este asunto como una venta de seguros de automóviles.
La mujer-nueva tiene novio, lo encontraremos en la entrada del lugar junto con una de las amigas de la infancia, se conocen desde la primaria, las dos han estudiado en una escuela de monjas, el dato me parece un poco chusco dado lo que había sucedido en la cena, pienso que no tiene mayor relevancia.
Llegamos, el novio y la amiga ya nos esperan, hay que pagar el cover, lo que me parece un abuso dada la horrenda música que siempre ponen en estos lugares. La mujer-nueva y su amiga tienen un gesto de estupefacción, la piel caliente y brillosa, los músculos tensos, el olor a sexo, la música de Thalía que suena con todo desenfreno, el sudor en el cuerpo. Con alegría bonachona, la mujer-nueva y su amiga se dirigen a la barra mientras el novio las mira desde lejos, parece sentirse orgulloso de haber traído a “su chiquita y a la mejor amiga a que vean cómo es esto de los antros de putos”. Piden dos vodka tonic que devoran a toda prisa, mis otros amigos han pedido una mesa y una botella, yo quiero bailar un poco, es probable que el show de travestís tarde un rato más.
Mujer-nueva y la amiga bailan y beben sin parar, el novio las ha dejado en la pista y se ha ido a empedar a la mesa que pidieron mis amigos. El tiempo pasa rápido y las dos mujeres beben como si fueran parientes de Manuelitro. Me dirijo al baño, siempre trato de evitar ir al baño en estos lugares, uno puede pasar la mitad de la noche intentado orinar, la cantidad de mujeres que se congregan es impresionante, como si las bebidas fuesen diuréticas.
La cosa es que saliendo del baño me encuentro con que Mujer-nueva y amiga, pedísimas, se besan y se meten mano en la fila del baño. Como pueden, entre el tumulto de mujeres que esperan “hacer de aguilita” para no llenarse las nalgas de meados, las dos se meten en un baño y los sonidos sexuales no se hacen esperar. Después de varios minutos, la señora que vende los chicles, las toallas sanitarias y los rastrillos (nunca falta el “Bernardo” de día, “Yadira” de noche, al que se le olvida depilarse la axila antes del show), toca violentamente la puerta del baño, las amigas tardan un poco en salir, tropiezan y se ríen, encuentran un sillón y continúan la sesión de faje, entonces pienso “¡mi oportunidad de threesome!” , una luz ilumina a esas dos mujeres, mi posibilidad de trascender como un ente superior, la expansión de mi mente y de mi cuerpo, todo lo que aquella chica-NO monja dijo, estaba a la palma de mi mano.
Camino decidida a invitarlas a mi casa, estoy a unos cuantos pasos cuando… ¡chan, chan, chan! el novio se aparece de entre un grupo de hombres sin playera. El zafarrancho que se arma es de proporciones bíblicas, así que, sutilmente, me retiro del lugar y tomo un taxi rumbo a mi casa.
*Esto sucedió hace tres meses, la mujer-nueva y su amiga han dejado de ser amigas, eso es lo que consiguen por dejarse llevar por los impulsos biológicos que se propician en esos antros para degenerados, según palabras del novio.
La chica-NO monja anda con un güey que forma parte del Opus Dei y que tiene un chingo de varo. Parece que ella, ahora, se ha vuelto una mujer de bien, y ya no busca “la expansión de su conciencia”, mucho menos de su cuerpo.
Pregunta: ¿Qué chingados les “hacen” en esas escuelas de monjas?