Acción colectiva

Para algunos estudiosos de las ciencias sociales, el término “acción colectiva” les resultará familiar. Dicho concepto fue acuñado por Mancur Olson, profesor de Economía en la Universidad de Maryland y estudioso de la importancia de las instituciones políticas sobre el desempeño económico de las naciones.

Pues bien, el señor Olson, por ahí de mediados de los sesenta puso en duda el hecho de que no existe incompatibilidad alguna entre intereses individuales e intereses colectivos: los individuos participan en acciones colectivas de manera natural porque comparten entre sí los mismos intereses objetivos.

Olson argumentó que del supuesto de que individuos racionales promueven sus intereses personales, no se sigue que grupos de individuos promoverán sus intereses colectivos -a menos que el grupo sea pequeño o se usen incentivos selectivos (premios y castigos) diferentes a la realización del interés del grupo. En todo caso, resulta más ventajoso para individuos racionales y egoístas el disfrutar de los bienes colectivos sin tener que contribuir a sus costos de producción (o sea, el conocidísimo “free raidismo”). Total que si todo mundo piensa en el “free raideo”, nadie tiene incentivos para hacer nada y entonces ¡tramafat! no hay acción colectiva.

Es probable que toda esta explicación les haya causado la más grande de las huevas, sin embargo, es necesaria para exponer el siguiente acontecimiento: en fechas navideñas, como muchos de ustedes se pudieron percatar, los aeropuertos se volvieron un caos. Por cuestiones de trabajo tuve que volar el domingo antes de navidad a la ciudad de Morelia; el vuelo era operado por una de las aerolíneas rascuachonas, pongámosle, Aerochafa lo que significaba que el avión despegaba de la terminal 2, que es un pedazo de pista pequeñito enfrente de la terminal 1, de donde salen estos bonitos aviones de hélice que, como buen agente irracional de la modernidad, me parecen la cosa más peligrosa del mundo, a pesar de que, si llegase a tener un desperfecto, este tipo de avión puede planear, no la masa gigantesca de los aviones que vuelan hacia destinos más concurridos como Guadalajara o Monterrey.

Llegamos a la terminal 2 a pedir el pase de abordar, éramos tres pasajeras. Lo primero que ocurrió es que a la pasajera C le dijeron que tenía que documentar en la Terminal 1 porque no sé qué movimientos extraños del sistema de la agencia de viajes. La susodicha, furiosa, tomó un taxi a la terminal 1 que le cobró 80 pesos; lo cierto es que de poder caminar en medio de la pista, hubiese llegado más rápido y gratis, pero la gente del aeropuerto se pone muy punk cuando uno quiere realizar ese tipo de movimientos.

Esperamos aproximadamente 40 minutos, se acercaba el momento de abordar y no percibíamos ningún movimiento por parte de los miembros de la aerolínea, en ese momento me marca histérica pasajera C para decirme que el vuelo está retrasado porque no hay avión, lo que me parece ilógico dado que frente a mí estaba un avionzote de hélice que decía Aerochafa, y por poco, de no ser por la imposibilidad de poner letrerito en la cabina del piloto, podía haber dicho “Destino: Morelia”.

Desesperada busqué a alguien de la aerolínea, ya que nuestro itinerario de trabajo era muy preciso y, de atrasarse el vuelo, se arruinaba todo el día de trabajo. Al fin encontré a uno de los fulanos de Aerochafa, que tuvo a bien informarme que, efectivamente, el vuelo saldría una hora después porque “la tripulación estaba incompleta”, lo que de primer momento me sonó a que faltaba el asistente del capitán o uno de esos puestos importantes en la cabina, pero no, el mono de la aerolínea me aclaró que faltaba “una de las aeromozas”. Al momento de abordar me daría cuenta de que el vuelo operaba con “una aeromoza”, es decir, faltaba “LA aeromoza”.

Total que pasajera B y yo pataleamos y gritamos por la desesperación pero nada hizo que el vuelo despegara a tiempo. Una hora después, por reglas del aeropuerto, nos treparon a una camioneta para recorrer una distancia de menos de 100 metros para llegar al avión. Dentro del vehículo, una mujer nos dijo “no se preocupen señoritas, su amiga ya está en el avión”, lo que nos pareció muy extraño, ya que en ningún momento buscamos a pasajera C, ni ella a nosotros. Lo que pasajera B y yo no sabíamos es que en la Terminal 1 había ocurrido lo siguiente: de los 45 pasajeros del susodicho avión, los 45 venían de Denver, habían comprado, con meses de anticipación, un vuelo que operaba alguna aerolínea gringa y Aerochafa, así que la onda era Denver-Ciudad de México-Ciudad de México-Morelia, no obstante, había 3 pasajeros que terminarían su odisea en Uruapan.

Esas 45 personas estaban ahí desde el día de ayer, Aerochafa decidió cancelar el vuelo nocturno a Morelia, y como se trataba de vuelo de conexión, no le pagaron el hotel a nadie. Familias enteras de migrantes varadas en el aeropuerto, esperando que dieran las 10 a.m. del día siguiente para poder llegar a sus casas con sus seres queridos. Y ¡tó-ma-la! ¡Que cancelan el vuelo de las 10 a.m.! así que ya se imaginarán lo caldeados que estaban los ánimos, claro que lo mejor estaba por venir.

Cuando decidieron retrasar el vuelo, también decidieron re boletear los lugares, pasajera B y yo éramos las únicas que estábamos en la Terminal 2, sin embargo, la fulana que re boleteó empezó a gritar el nombre de Pasajera B a todo pulmón “¡Pasajera BBBBBB!”, a lo que pasajera C respondió “¡Está en la otra terminal!”, no obstante, la señorita volvió a preguntar por la pasajera B a lo que la pasajera C volvió a contestar “¡Está en la otra terminal!”, ya en la pendejez absoluta, la tipa de la aerolínea volvió a preguntar por la pasajera B, así que todos los otros pasajeros se unieron al unísono y gritaron “¡Está en la otra terminal!”, a lo que la señorita contestó con un guiño de ¡perdón, perdón, perdón! pero era demasiado tarde, todos estaban alterados y hartos de las ineficiencias que estaban presenciando. Como si la señorita no hubiese visto Tlahuac y deseara morir, grito mi nombre “¡Pasajera AAAA!” a lo que todos, enfurecidos y casi a punto de tomar el mostrador contestaron “¡Está en la otra terminal!”, ni siquiera se dieron cuenta de que era otro nombre, lo único que deseaban era que se hiciera justicia, así fuera usando la violencia.

Fue así como la tripulación se enteró de que teníamos una “amiga” que ya había subido al vuelo. Al bajar de la camioneta que nos llevó al avión, vimos que tres personas esperaban el transporte, eran los tres sujetos que iban de Morelia a Uruapan, ellos tendrían que esperar hasta el avión de la noche, ya que los lugares que les correspondían a ellos, nos los asignaron a nosotras, total ¿qué más daba esperar una cuantas horas?.

Ya en el avión comenzamos a ver que todos cambiaban de lugar cual camión Flecha roja , y que no estaban respetando el lugar que se les había asignado ¿por qué? Porque la retrasada que re boleteó el vuelo, tuvo a bien asignar lugares a lo pendejo, sin considerar que las familias habían comprado lugares juntos, así podía uno ver que Laurita, una niña de tres años, con los mocos escurridos hasta la boca, tenía el lugar 1 A, mientras su mamá tenía asignado el 11 C. Nadie la hizo de jamón y cada quién se sentó donde quiso. Las caras de todos reflejaban las horas y horas que habían esperado para abordar el vuelo y, al fin, parecía que íbamos a despegar.

De pronto, vemos al Capitán en la puerta del avión, lo que me hizo pensar que había un pedo en la cabina porque el capitán nunca entra por ahí, sin embargo, el asunto era otro de mayor envergadura, la azafata había solicitado al capitán que bajara a un pasajero violento que la había golpeado. Lo que sucedió fue que un señor, en el rush , guardó una maleta en un lugar prohibido, la azafata le pidió que la cambiara de lugar, el señor se negó y la azafata lo empujó, así que el señor la empujó a ella, y ella decidió que debían bajarlo del avión.

Cuando vimos al capitán, supusimos que la cosa se iba a poner fea. De pronto otro señor, se paró frente a la puerta del avión y se atrinchero. Empezó a decir que de ahí no bajaban a nadie, que él había visto todo y que la azafata era la culpable. La azafata había comenzado a llorar, el capitán no podía ponerle atención a todos y, de repente, todo el avión empezó a gritar “¡NO LO BAJAN! ¡NO LO BAJAN!” así que pasajera B, pasajera C y yo nos unimos a la protesta; nosotras traíamos una cámara de video, pensé que quizá podría sacarla y grabar el espectáculo pero me abstuve, la vibra de 45 pasajeros que se sentían completamente atropellados me lo impidió, no obstante, estábamos dispuestas a seguir el rumbo de la turba ¿qué más daba? no nos cuestionábamos que en el fondo, nosotras sólo habíamos perdido una hora, que la causa de los otros 43 pasajeros no era la nuestra, si iba a correr sangre, participaríamos con la banda

Otro señor empezó a hablar en pocho y a decir que el había pagado 400 dólares por aquel vuelo y que no podía ser que estuviera sucediendo semejante abuso de autoridad, así comenzaron a desfilar señores, señoras, niños que lloraban pensando que el avión no servía y que se iba a caer desde las alturas. El capitán, muy dignamente, decidió no bajar a nadie y emprender el vuelo. A la azafata le dio un colapso nervioso y se quedó llorando un buen rato en el baño, durante el vuelo uno de sus ojos me recordaba el ojo del maestro de Daria y de la manera menos cortés del mundo te preguntaba “¿Qué quiere de tomar?” yo no pedí nada porque sospeché que le había escupido a todos los vasos antes de servir las bebidas.

Cuando el avión al fin despegó, todos los pasajeros aplaudimos, el conato de violencia terminó, pasajera B, pasajera C y yo nos volteamos ver y, por un momento, nos desconocimos, por un segundo la acción colectiva nos hizo actuar sin pensar en las consecuencias. Morir en un avión , no hubiese sido tan mala idea.