De cueros y otras reflexiones
“Debo irme” fueron las palabras que enuncié a las 3:45 a.m. de la mañana en un cantabar de poca monta en la Zona Rosa. Le di todas mis pertenencias a una amiga que iba a dormir en mi casa, guardé 100 pesos en la bolsa del pantalón de mezclilla y me subí al auto con la firme convicción de no generar ninguna expectativa ante el hecho de que, algunas horas después, iba a desnudarme en el zócalo ante un montón de desconocidos.
Llegamos a Madero, ahí abandoné el automóvil con una euforia contenida y con la consigna de atesorar todos los detalles posibles para después plasmarlos en un texto que ya tenía planeado y que para nada se parece al que estoy escribiendo en este momento.
Caminé discretamente hacia el Zócalo, cientos de personas uniformadas con lo que solemos denominar “ropa cómoda” seguían mis pasos, una vorágine de sensaciones comenzaron a acumularse en el ambiente: la embriaguez de la rebelión, el optimismo del verdadero cambio, la intromisión del espacio, el fin de las ataduras moralinas, cada uno con una razón valiosa para asistir al evento.
Había decido ir sola porque de alguna forma me pareció que aquel desacato a las reglas sociales debía ser una experiencia personal, sin testigos, no obstante, la compañía fue perpetua; en la inmensa fila que había que hacer para entrar, necesariamente terminabas intercambiando algunas palabras con el de junto, alguna sonrisa, un roce discreto dado los empujones que propinaban aquellos que creen que no hay pedo si uno llega tarde y quiere entrar primero.
Caminé otros cientos de metros antes de quedarme sentada frente al Majestic a esperar las órdenes de Tunick. Una antesala llena de gritos y bromas de los asistentes; “¡ya encuérate!” era el lema que se utilizaba cada vez que una damita o un impúber intentaban, sin conseguirlo, acallar a la multitud. El frío hacía de las suyas y, antes de quitarnos la vestimenta, ya se podía ver a uno que otro viendo con algo más que detenimiento a algunas de las asistentes que tenían los pezones endurecidos por el aire helado de la madrugada.
El amanecer estaba por llegar cuando Tunick apareció en una tarima. Las instrucciones eran precisas pero el sonido deficiente, así que como pudimos acatamos las órdenes del fotógrafo sabiendo que estábamos a pocos minutos de lucir un atuendo lleno de estrías, de carne aflojada, de cicatrices, de tatuajes, de senos caídos, de penes circuncidados, de piel, de pura piel, de piel pura.
El sol se asomó con toda la potencia de la que está constituido y bajo el acecho de los primeros rayos de luz, la orden fue dada: miles de mexicanos se desnudaron al unísono, dejando sin otro color que el de la carne un paisaje que, segundos antes, estaba lleno de todos los colores posibles. Y ahí empezó el festín en el que todos los sentidos se exaltaron.
A pesar de habernos congregado en un evento que necesariamente se percibía como un catalizador del sentido de la vista (una instalación fotográfica, 18 mil cuerpos desnudos) lo cierto es que cuando Tunick anunció que podíamos despojarnos de la ropa, de pronto descubrimos que el tacto no sólo se reduce a las manos, el cuerpo completo dotado de miles de pequeñas extensiones nerviosas era capaz de sentir las pieles de los demás, lo imberbe del hombro, lo rugoso de las rodillas, lo suave y sutilmente granuloso de los senos; el olfato, en un ejercicio vigoroso, fue capaz de aspirar el perfume intenso y desmedido de 18 mil capitalinos que renunciaron, por unos segundos, al control y a la moralidad entregándose al gozo; los sonidos del cuerpo, soberbios y poderosos, retumbaban en el tímpano, dejando una reverberación constante y agradable; finalmente, fue revelador encontrar que el sabor de reconocerse en el otro para confirmar que somos todos y uno al mismo tiempo, tiene dejos salados.
El asfalto bajo nuestros pies, la piedra gris y áspera de la plancha del Zócalo inserta en la espalda y en las rodillas, las ráfagas de aire entrando y saliendo de todos los espacios del cuerpo, la charla desenfadada, el trabajo en conjunto, el calor corporal que emanaba sin freno de esa masa de cuerpos que acababan de descubrir que la ropa es mucho más de lo que creemos que representa.
Más allá de las cavilaciones que podamos generar sobre la libertad, la igualdad y esos valores que le hemos concedido al régimen democrático y que muchos han decidido usar como consecuencias legítimas de lo que generó la instalación de Tunick, debo decir que ese domingo se evidenció que la psicología artificiosa de donde proviene el morbo y la ternura es exactamente la misma, que vivimos bajo la pornografía velada del sometimiento, que somos esclavos de nosotros mismos, esclavos de los esclavos. Nada más representativo de lo que enuncio que la actitud de los hombres cuando se vieron en el contexto de vestirse antes que las mujeres.
En ese preciso instante regresaron al estado social en el que los ñeros son ñeros, el machismo es machismo y como si jamás hubiese pasado el momento anterior en el que la atención y el darse cuenta nos permitió ver algo más que nuestros constructos, sacaron los celulares y las cámaras fotográficas con la más pura intención de “sabrosearse a la primera encuerada que pasara frente a ellos.”
Al terminar la foto en la que sólo participamos las mujeres, me dirigí hacia donde estaba mi ropa, envuelta en el regocijo de haber celebrado un suceso en el que, a pesar del ojo vigilante de esta época en la que hemos decidido vanagloriar a la modernidad, es posible poner en evidencia que somos mucho más que la realidad de la que hemos sido extraídos.