06 Agosto, Ulises Lima Redux.
La idea era simple, y la actitud minimalista. El escenario, Nueva Jersey, que es como decir, ciudad Satélite hecho estado federal primer mundista. El modo de transporte, New Jersey Transit. Un viaje de un par de horas a través del auténtico backyard de los Estados Unidos. En México tenemos esta idea de que nosotros somos el patio trasero gringo, cuando la verdad es que no necesitan patios traseros en el extranjero: su backyard está en todas partes, esparcido entre la tierra de nadie que hay entre Nueva York y Washington, y me imagino que Washington y Miami. Llantas usadas, bodegas abandonadas, casitas decrépitas y centros industriales que en alguna ocasión surtieron al mundo y que ahora se ahogan en un mar de incompetencia y olvido. Eso, en su definición tradicional, es Jersey. Rednecks, blue collars, bebedores de Bud, la gente que el resto de los gringos prefiere no considerar como compatriota. La versión alternativa, o de universo bizarro del sueño ilustrado americano, algo así como la antítesis de Woody Allen.
Supongo que es apropiado entonces que la fiesta tuviera que ver con esa manía humana de probarse los trajes de otras personas para demostrar que uno puede ser muchas cosas. La fábula que inicia con Rizitos de oro comiéndose la avena de los osos y durmiendo en sus camas, y que termina con Begbie agarrando la entrepierna del trasvestido más cute de Escocia. Yo, bajo la premisa de que fundamentalmente soy un chico afectuoso y atento con las mujeres, decidí vestirme de padrote. Pimp. O en el mejor de los casos, de pachuco, que para el caso, es más o menos lo mismo. Me conseguí pantalones oscuros, un saco, y una camisa de colores chillantes y el cuello amplio de los setentas, rayón obscenamente suave contrastando con la gravedad de la lana del traje. Y claro, el sombrero que traje a rastras de mi viaje a ecuador. Arreglo que, dio la casualidad, es idéntico al que portaban los detectives salvajes...
Mé topé con una chava que creía que se sentía Björk. Había una especie de china vestida de odalisca, y un güey que podría haber sido el hijo nunca reconocido del loco valdez y Dennis Hopper en Easy Rider. Y una arquitecta que quería ser pimp. Le presenté a un fingerpuppet en forma de búho que alguien me había regalado en la fiesta. La hice reir, le ofrecí cerveza y le presté mi sombrero para que viera cómo se siente traficar blancas. Me fui a vagabundear por la casa, y desde una esquina la ví bailar con su amiga. Al rato, la tomé de la cintura y ella obligó al búho a besarme. Hubo evidencia pictórica. Seguimos bebiendo y ella me ofrecía disculpas por los conciudadanos de su estado. Las disculpas no eran necesarias, pero las agradecí, como cualquier hombre bien parido agradece lo que una hembra decide darle. Me llevó a la fuente que hay en su universidad, y me platicó de su sorpresa al darse cuenta que cada vez más encontraba en ella rasgos de su madre. Yo remojaba indolentemente mis pies al lado de los suyos, más largos que los míos, aunque más blancos y más delicados. Se había cambiado no sé cuando, pero su vestido de satín negro había sido remplazado por un topcito y unos shorts con peces multicolores que se veían muy a gusto cerca de la fuente. Olía ligeramente tibia, con el aroma terso que desprende una cama con sábanas limpias, y su fragancia nostálgica y dominical se diluía en la profunda noche americana que nos contemplaba amorosa desde todas partes.
Nos alcanzaron las cuatro de la mañana y caminamos de vuelta a su casa. No me dejó pasar de su porche y ahí mismo nos despedimos. En la confusión de mi insomnio y la comodidad de su compñía se me olvidó pedirle su teléfono y ahora con seguridad no la volveré a ver. Una más de las tangenciales. En aras de la memoria, sin embargo, bautizaré al búho con su nombre. Quizás en un universo paraleo hubiermos sido geniales...