29 Agosto, Rednecks have it made

 

Tuvimos que levantarnos a las siete de la mañana de un sábado. Si tienen la edad adecuada, podrán comprender que para mí era una mentada levantarme a esa hora, pero no había nada que hacer. El Live 8 era gratuito y por ende, iba a estar lleno de todos los gorrones de la costa noratlántica de los Estados Unidos. En mi calidad de mexicano residente y caballero andante, yo fui el que llevó cargando por 20 cuadras una hielera llena de pepsis de bote, sandwiches, papas y bolsitas de hielo falso para que nada se descompusiera. Llegamos y los mejores lugares ya habían sido agandallados, y el que diga que los anglos no son atascados...lo remito a la guerra del '47. Logramos hacernos un huequito en una jardinera, con suficiente holgura para estar acostadotes como lagartijas, esperando que iniciara el concierto. Yo iba de misión de avanzada, y nuestro papel era proteger un área que pudiera sustentar a otras 4 personas. Para tal efecto, extendimos una sábana que quería ser sarape, y nos tendimos cuan largos eramos para así abarcar más espacio. M. se puso su sombrero de paja en la cara y se durmió, dejándome a mí como solitario guardián de la sábana.

Al poco rato se asentó frente a nosotros una familia. O un grupo de amigos. O algo. Varios hombres rojos rojos como langostas, y otras tantas mujeres, ferozmente rubias contra toda voluntad de la naturaleza. Las mujeres en realidad difícilmente calificaban como tal. Dos de ellas no sobrepasarían los dieciséis, y la que parecía estar cumpliento con el papel de madre pues se sentía como de 20. Las dos chiquitas flacas y tersas como cualquier adolescente, la madre ya entrada en carnes, pero con horas extras en el departamento del pisa y corre. No me pareció nada extraordinario y seguí esperando que pasara el tiempo. M. despertó, y absorbente, me empezó a preguntar:

- D...¿Ya viste el tatuaje de este güey?

-Sip. Y el de la señora también. Es un solecito contento...

-¿Y ya viste el tatuaje del otro ? ¡ Todos traen tatuado a New Jersey !

Y sí...en efecto. Sociológicamente es como tatuarse el municipio de Naucalpan en una nalga. Todos los bróderes éstos traían a su estado adorado en su espalda, o en las piernas, o en los brazos o carajo, no me quiero ni imaginar dónde. El que le estaba metiendo mano a la chavita más joven no pasaría de los veinte, aunque con seguridad me llevaba como 10 kilos de ventaja, descontando el peso del metal que llevaba cargando en los aretes y piercings que tenía. Y le metía mano con ganas. La madre quizás con toda razón se encandiló y cariñosa, se acercó a los jóvenes amantes para ver si de refilón sacaba algo. El novio, todo el caballerosidad, no podía dejar que la señora se quedara así, como novia de pueblo, así que le empezó a meter mano también.

Yo no daba crédito.

El novio extendía sus brazos alrededor de la madre, repegándole el pantalón que colgaba de su cadera, y la abrazaba, para la felicidad evidente de ésta, toda ella melosa y líquida. Al poco rato, la madre entró en razón y pensó que su deber como madre no era estar dándo demotraciones de cariño al novio de su hija, sino a su hija, así que procedío a encariñarse con ella, quien como toda buena adolescente no soportaba las demostraciones de afecto parentales, y que se batía contra ellas al grito de:

- ¡Mamáaaaaa ! !Ya dejameeeee ! ¡ Mamáaaaaa!

El novio decidió terciar en este altercado familiar, y entre madre y novio hicieron sandwich con la hija, quien finalmente dio muestras evidentes de satisfacción, para felicidad de todos los involucrados. Tanto gusto le dio a la hija que empezó a buscar en el pantalón del novio el único ítem que le pertenecía a ella nomás...

Yo seguía sin dar crédito.

Verán ustedes. Un piercing no es cosa sencilla, y más aún si está en el miembro viril de la persona. En este caso, atravesando la uretra para llegar al otro lado. La chica lo contemplaba como algo completamente familiar, haciendo de lo sexual algo inverosimilmente cotidiano, mientras el la veía con satisfacción y la madre reposaba de todo el ajetreo fumando un cigarro que olía sospechosamente a alfombra. Al poco tiempo, quizás harto de que toda la atención estuviese fijada sobre él, el novio decidió abrir los shortcitos de la novia, desabotondando los dos botones superiores para mostrar un vientre deliciosamente tostado, prometiendo debajo de la mezclilla una colina púbica virgen e inmaculada. Uno de los amigos, preocupado, le dijo que que jodidos estaba haciendo, a lo que el novio contestó.

- No te preocupes güey, la rasuré en la mañana.

Mi límite de crédito estaba vencido. Tuve que hacer un esfuerzo para escuchar los últimos acordes de Ricky Sambora, y concentrarme de nuevo en la misión social que nos ocupaba. Las otras ocho horas pasaron como un suspiro, y al terminar la tarde, M. y yo iniciamos nuestro camino. La verdad, hay veces en que yo quisiera haber nacido en Jersey.