El día que regresé al darketismo

Estaba plácidamente leyendo el periódico cuando un anuncio me conmocionó hasta casi tirarme de la silla de mi oficina: Nitzer Ebb, sí, el grupo de industrial más cabroncísimo del mundo, notificaba su primera visita a México. Let your body learn empezó a sonar en mi cabeza a un nivel de decibeles insospechado, lo bueno es que, hasta donde sé, aún no hay forma de conectarse un plug en la cabeza, que si no…
Inmediatamente le marqué a mi hermana quien, a pesar de ser más chica que yo, es fansssssssss absoluto de dicho dueto; el grito de emoción en el auricular fue conciso pero abrumador, la posibilidad de deschongarnos en el concierto estaba puesta sobre la mesa.
Compré los boletos con el puto amo de los boletos, monopolio asqueroso de los “grandes eventos” en el país y esperé ansioso durante un mes, sacando mis viejos discos y rememorando las letras de estos oriundos de Essex, lugar del que, al parecer, han salido dos que tres bandas chidas.
Obviamente mi back to de basics vino acompañado de rememorar mi adolescencia darketa al ritmo de la banda lidereada por Trent Reznor, NIN,  Cinema Strange, Bauhaus, Type-O-Negative, entre otros, y haciendo descubrimientos como DK7 y Riton.
Total que así la pasé del orden de un mes, hasta que llegó el mentado día del concierto. Yo, castigado por los dioses del Burocracismo, estaba enfermó del estómago. Evidentemente me empastillé hasta casi matarme y, decidido, me dirigí al Salón 21 esperando encontrar a mi hermana allá. La mujer, hacía un par de días, se había pintado el pelo de rosa y en mi falta de convivencia con la banda, ilusamente pensé “Bueno, la primera cabeza rosa que vea, seguro será ella”.
Llegué al foro y me encontré con mi mejor amiga, quien había caído porque unos amigos ultradarketoscondesaartistasparejaheterosexual la invitaron diciéndole que no se iba a arrepentir. De pronto me di cuenta que aquella adolescencia que había pasado al lado de aquella bellísima damita, no había sido del todo como la recordaba porque, efectivamente, ella y yo jamás habíamos hablado de Nitzer Ebb ni habíamos compartido un gallo o demás estupefacientes escuchando algo como Alarm o Murderous.
Entramos y yo, en plena enfermedad, pedí una botellita de agua, soportando las miradas inquisitivas de los de la barra quienes evidentemente pensaron que lo mío, esa noche, había sido la tacha. Los personajes que se paseaban por el lugar estaban ataviados con unos outfits verdaderamente impactantes, yo, a lo mucho, a mis 17 años (su primer amor, 17 años, soy su primer novio…) había llegado a las botas militares y a la camisa de terciopelo, pero la producción de aquella banda rebasaba todas las expectativas.
En cambio, yo iba vestido del tipo “vengo al City hall a escuchar a Tiga” pero dios mediante, nadie se ofendió con mi vestimenta. Ahí estábamos parados cuando un fulano se acercó y nos preguntó que cuántos éramos. “Cinco” contestó mi mejor amiga y el fulano nos preguntó que si queríamos estar en la Fila cero, le dijimos que sí y, de buenas a primeras, estábamos enfrente del escenario, teníamos la posibilidad de recibir las gotas de sudor y los escupitajos del dueto.
Mi hermana no pudo disfrutar de ese beneficio por llegar tarde, lo cual lamentó profundamente. Así, tuvimos que soportar como 40 minutos de la intervención de un grupo de un foreverismo absoluto, dirigido por Erich Martino. El grupo se distinguió por tener un nivel de interpretación de 10 y un nivel de estilo de 0.
Finalmente salió al escenario Nitzer Ebb. Pocas veces me he sentido con tanta energía en mi vida. El dueto nos hizo disfrutar de lo mejor de su repertorio. Sin duda, el momento de la noche fue cuando un cúmulo de individuos bastante heterogéneos cantábamos a todo lo que podíamos Join in the chant. Salté, grité, sudé y me pusé mal de mis nervios aventándome con la banda, quitándome la playera y bañando en mi sudor a todo aquel que estaba en mi periferia.
El concierto terminó y la energía desbordada fue tal que decidí que lo mío, lo mío, lo mío era regresar al darketismo, que la bota de Herman Monster, el maquillaje emulando a un muerto, el terciopelo, los pantalones entallados de tela brillosa, en fin.
Claro que después pensé que estoy a punto de cumplir 30 y me parece que este es el momento para dar un virón hacia el pasado y retomar la estética y el mood de todo un tipo de vida que me parece estéticamente abrumador.
Luego entonces, no les extrañe que el siguiente post sea de algo así como “¿por qué Lovecraft es el mejor escritor sobre la faz de la tierra?” y que se titule algo así como “Tómame en las catacumbas”.