Catársis
Para El guanche, a la salud de Simon y Garfunkel…
Una de las cosas que los legos deben de entender al respecto de la experiencia doctoral es que en muchos sentidos se parece a una preparatoria lasallista. Hay una entidad todopoderosa y omniabarcante que se supone es el prisma a través del cual se debe contemplar la realidad. En un caso es el Dios Trino, en el otro, la economía. Existe una institución certificada y monolítica sin cuya intervención toda acción del pupilo pierde sentido. En un caso, la Iglesia Católica, en el otro, el departamento o la “academia”. El foco fundamental de ambas experiencias es dejar en el alumno una marca indeleble que le sirva de guía y de regla de medida para todo lo que venga después. En el primer, caso, el lasallismo, en otro, la investigación. La única diferencia es que uno siempre puede argumentar que el lasallismo fue impuesto, una decisión tomada por el pater familias y resentida por las generaciones posteriores. Esta línea defensiva no vale para los que nos hemos ido al doctorado de propio pie. Al contrario, todo lo que nos pasa en el doctorado es producto de habernos sentido muy sabrosos, y lo único que nos queda es mentar madres, hacerle diariamente al Martin Sheen, y despertar diciendo: “ Saigon…shit ”.
En fin. Lo que quería abordar es que, al igual que en Lasalle – o con los Maristas o lo que sea – es común que las mujeres que hay en el doctorado se vayan embelleciendo al paso del tiempo, y que inclusive la kazajastana bigotona o la “chica eclipse” terminen pareciendo de no malos bigotes – valga la expresión –. Digo, no por nada. Todas son chicas dedicadas, voluntariosas, y sumamente inteligentes y pues están ahí. Si eso no compensa sus dientes chuecos o su incipiente barba, pues carajo, el problema es que uno es demasiado quisquilloso. Varios de mis amigos cayeron víctimas de este fenómeno y durante dos años mantuvieron un affaire silencioso y poco remunerado con una española simultáneamente calientahuevos y persinada. Un auténtico adefesio flaco, flaco, flaco, que sólo podría haber nacido en ese país donde la mitad de la población sigue extrañando a Franco y va a misa diario, y la otra mitad ya se cambió de sexo, se cogió a Gael y ahora trabaja de desnudista en un bar.
Un viernes cualquiera en el doctorado los programas en C++ no salían, los equilibrios eran demasiados y las varianzas eran negativas. Nos habían llamado estúpidos, cerrado la puerta en las narices y rechazado propuestas de investigación. Un día, en fin, como cualquier otro. En esas andábamos cuando un turco nos invitó a su casa, quesque porque nosotros los latinos éramos el alma de las fiestas y nos quería ahí para que bailáramos con la banda. Esto es, nos estaba contratando de ficheras. Fuimos mis amigos enamorados de la española, la española y su gentil narrador. Dado que el turco insistía en bajarle el volumen al radio porque decía que no quería que regresara la policía, y dado que el alcohol de calidad ya se había acabado, decidimos abandonar la misión e irnos al barcito de siempre; un tugurio de esos que los gringos llaman dive bars donde los nachos son crujientes nomás porque las cucarachas son tronadoras y la cerveza no es un vector de la salmonela porque tiene tantito alcohol que mata los gérmenes o al menos los atolondra. Eso sí, el bar tiene una gran rocola y es administrado por una lesbiana descomunal de espaldas ciclópeas que se siente orgullosa de que su bar sea el único lugar en la Unión Americana donde no se aceptan tarjetas de crédito.
Lo que sucedió ya dentro del Doobie's no lo recuerdo bien. Sé que pusimos Mrs. Robinson hasta el cansancio, que nos desgañitamos con this is ground control to Major Tom! y que montamos un número musical a lo Moulin Rouge sobre las mesitas. También recuerdo que alguien con autoridad dijo que no nos podían servir más cerveza, y que por favor abandonáramos el lugar. Exactamente cómo llegamos de ahí al piso de la española tampoco lo recuerdo, pero sí sé que llegamos sin mayores daños. Subimos las escaleras dando tumbos, pusimos un CD quemado y pegajiento en el estéreo. La española sacó la tella de tequila que mi amigo mexicano le había regalado. Empezamos a rolar el alcohol entre nosotros, felices y liberados y con la madrugada por delante. Cantamos la de “cuando veo a través del vaso” que obviamente trata de un güey que le dice a su morra que solamente cuando chupa la soporta, cantamos cosas de Juan Gabriel y juramos que ya lo pasado pasado no nos interesaba. Nos abrazamos, solipsistas e indiferentes a la tierra el amor y el tiempo. Y ahí fue donde pasó. Uno de esos momentos donde gente como Paul Thomas Anderson o Alfonso Cuarón filman con tres cámaras, con una lluvia normal o una lluvia de sapos. A la mitad de “Te solté la rienda”, cuando brincábamos abrazados mi amigo español se detuvo, llenó sus pulmoncitos de junkie con tanto aire como pudo y con los ojos vidriosos se le quedó viendo a la nieta de Franco, esperó la pausa de la canción y le gritó lleno de alcohol, confusión y todas las pasiones terrenas de un hombre cabal: ¡¡¡puuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuutaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!!!!
A ella se le llenaron los ojos de lágrimas y dijo… pero pero pero, ¡si yo no te he hecho nada! … Se hizo un silencio mientras la madrugada despuntaba por la ventana. Lo último que recuerdo de aquel día fue el camino de regreso a mi casa, el sol saliendo indiferente por sobre los rascacielos de Philly, y yo feliz y nostálgico…murmurando: que nunca volverás, que nunca me quisiste…se me olvidó otra vez…que sólo yo te quise…