¡La estética de las vulcanizadoras

Todas las ciudades tienen una personalidad y siempre hay elementos arquitectónicos que ayudan al viajero, paseante, turista u oriundo de la localidad a identificarla. En Roma esta guía son las ruinas del Imperio y las Iglesias –nomás por dar un ejemplo extremo, en la calle de San Giovanni in Laterano hay una iglesia renacentista que está construida sobre una iglesia medieval que a su vez estaba construida sobre un templo pagano; las tres construcciones pueden visitarse bajando algunas escaleras y pagando 4 euros.

En Madrid está la arquitectura castiza –eso que llaman pomposamente el Madrid de los Austrias—y todo lo que gusten y manden, pero si algo hay que resalte por encima de todas las cosas son sus hileras interminables de bares con marquesinas coloridas, terrazas veraniegas, maquinitas tragamonedas y bebedores endémicos. Yo vivía en la Ronda de Segovia, que no es para nada una zona de reventón o cosa similar, y en el trayecto que va de la Puerta de Toledo a la Calle de Segovia podían contarse: dos farmacias, una estación de bomberos que siempre empezaban a trabajar a la medianoche con las sirenas a todo decibel, dos tiendas de chinos tipo miscelanea y 8 centros de bebida. Para seguir la cuenta, de la Puerta de Toledo a la Plaza Mayor hay 9.

¿Qué es lo que define a la ciudad de México? Más allá del crecimiento caótico, de las casas chaparras coronadas por antenas de televisión desmadradas, de los topes a medio pintar y de la publicidad de campañas políticas de hace 6 años, son las vulcanizadoras. Cuando Guillermo Sheridan regresó de su estadía parisina patrocinada por el estado post revolucionario, escribió en Letras Libres sobre su experiencia de aterrizaje en la única ciudad del mundo cuyo aeropuerto está en medio de la zona urbana, en la que los aviones casi rozan los techos de las casas y donde te da la bienvenida una serie de negocios que apilan llantas usadas como medio de atracción para los posibles clientes.

En ninguna otra ciudad del mundo, descontando algunas entre el Suchiate y el Amazonas, he visto tantas vulcanizadoras. Corrijo: en ninguna he visto vulcanizadoras. Un par de preguntas: ¿Por qué hay tantos negocios de estos aquí? ¿Por qué en Europa no? ¿Por qué en México una pila de llantas logra el efecto seductor que muchas empresas buscan a través de modelos chichonas, enchoradas y escotadas?

Siguiendo lo que me enseñaron en mis clases de economía, la oferta y la demanda están unidas por un punto que determina la cantidad demandada de un producto determinado. Esto se traduciría así: En Roma hay tantas iglesias porque hay mucho mocho; en Madrid hay tantos bares porque hay mucho borracho; en México pasa algo con nuestras llantas.

Si en todos lados hay coches que necesitan llantas pero solo aquí se nos ponchan puede significar que las llantas que se venden en México son de muy mala calidad, que nuestro pavimento es poco menos que desastroso, que alguien se esfuerza por generar demanda o que aquí los vecinos arreglamos las cosas ponchándonos las llantas mutuamente –esto le daría un nuevo sentido a esas placas de “Se ponchan llantas gratis”. Dado que el control de calidad del gordito francés y los zapatitos con alas es la misma para todo el mundo descontemos el primer factor.

Con los baches evidentemente tenemos un problema. Hace poco más de un mes, cuando recién había regresado de mi estancia madrileña, caí con el coche de mi papá en una barranca descomunal ubicada en el Eje 3 Oriente casi esquina con Avenida Santa Ana, la llanta delantera derecha no soportó el golpe. Puse mis intermitentes, me orillé y me estacioné detrás de otros tres coches que habían sufrido bajas en el mismo bache, detrás de mi cayeron otros dos. Obra curiosa del destino, justo enfrente había una vulcanizadora. Mientras arreglaban mi neumático me imaginaba al chalán en una madrugada fría, con un pico y una pala, cuidando que el precioso boquete en el pavimento no perdiera su contundencia.

Otra explicación. Quizá a todos en el mundo se nos ponchan las llantas, solo que los europeos las cambian con la misma regularidad con la que cambian de calzones –no lo digo en sentido figurado—por lo que no necesitan del trabajo vulcanizador.

La última explicación posible se sale de la dinámica del mercado y entra en los más finos terrenos de la estética. La única vez que vi tantas llantas juntas en una ciudad europea fue en una galería de arte. La instalación quería mostrar algo sobre el asunto de la estética urbana y la mamá del muerto. Imagino este escenario: Las vulcanizadoras en realidad no tienen trabajo, los mexicanos, adelantados a nuestro tiempo, construimos estos establecimientos para transformar al DF en una gran obra conceptual, que permaneció oculta en la noche de los tiempos hasta que Duschamp inventó los readymades . Así, apenas ahora el mundo se está dando cuenta de la grandeza estética de nuestro desmadrito cotidiano.

Creo saber cual es la combinación correcta de respuestas, pero la idea de vivir dentro de una obra de arte contemporáneo me seduce de sobremanera. Con un poco de suerte, algún día nuestra ciudad entera será una sucursal del Stedelijk o del MOMA. Sólo dios verá si esto es bueno.