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27 Julio de 2004, Filadelfia, Buen Leibniz, mal Leibniz
Hoy en la mañana la cafetería cercana a la escuela me recibió con un festival de minifaldas. No me malinterpreten, no es que eso nunca suceda, sino que más bien, hoy amanecí con los ojos abiertos. Y de la peor manera posible. Largas y juveniles piernas emergiendo de entre faldas con colores que rayan en lo promiscuo. Por todos lados. Pieles. Tersas. Blancas, café con leche, o similares al azafrán. Risitas indiferentes, ecos de perfumes y lo que no me acuerdo quién definió como "la belleza idiota de la juventud". A mi alrededor. A mis treinta años. A las ocho de la mañana. Puta madre.
Poco después, al dar mi clase tuve un rapto de lucidez y entendí el porqué de las cosas que pasan. El porqué el ser profesor es una metáfora del alambrismo moral, sin red, claro está. Quien quiera que haya dicho que el que tiene la autoridad tiene la ventaja es un consumado imbécil, o sencillamente nunca ha tenido autoridad sobre mujeres doce años menores a él. La epidemia de minifaldas alcanzó a mi salón, y de entre las bancas se alcanzaban a ver los inmencionables de mis alumnas. Y yo, con la mirada fija en el horizonte, prometiendo castidad y cilicios si a cambio de la suficiente fuerza de voluntad para no ver hacia abajo ¡por favor yo no soy de esos! y perder definitivamente la imagen que siempre he tenido de mi mismo como un hombre recto.
Son ya las nueve de la noche. El día ha pasado y yo no tengo cilicios.
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