Esparta.

M., dios bendiga su alma, se despierta regularmente a las cinco de la mañana para estar lista en su trabajo a la siete lo cual implica que por extensión yo también me levanto a esa hora. Cuando la veo mirándose al espejo, secándose el pelo y sonriendo, no puedo menos que acordarme de ese ensayo de Ibargüengoitia que lacera a las personas que no sólo se despiertan en la madrugada, sino que lo disfrutan. Claro que Ibargüengoitia nomás contemplaba el fenómeno con ojos clínicos y desapegados, mientras que hay algunos de nosotros que tenemos que vivir con ello…y nos tiene que gustar. En el caso de M. no creo que sea tanto que lo disfrute, sino que una vez rebasada la barrera letal de los dos minutos después de que sonó el despertador, su organismo retoma su equilibrio natural y está lista para cantar: ¡to das las mañanas entrapormiventa nael señor sol ¡Conseguir que yo sea funcional es una operación mucho más complicada y que requiere de múltiples pasos, ninguno de los cuales requiere de cantos tradicionales. M. aborda el problema como si fuera un asunto de gran teatro, y me da la última llamada: en diez minutos nos vamos. Ante ese anuncio, las más de las veces ruedo sobre mi lado derecho y hacia el borde de la cama, y tradicionalmente en mi trayecto aplasto al gato, animal que muy inteligente y todo, no ha aprendido que eso sucede todas las malditas mañanas. El gato sale disparado, maullando lastimero – desgraciado bicho infeliz - y yo pongo los pies sobre la alfombra, para después seguir mi larga ruta al baño, con toda seguridad dejando legañas y mala vibra en el trayecto. Cuando salgo, M. me tiene una taza de café caliente con dos sobres de Equal y bastante leche, mismo que consumo en movimiento, viéndola arrancar trozos de los waffles que siempre tuesta y que nunca me ofrece, probablemente porque cree que yo todavía no estoy en condiciones de coordinar mis actividades digestivas y no quiere que me dé una apoplejía por su culpa. Una vez cumplidos esos pasos, y totalmente en piloto automático, cruzamos juntos el puente que nos lleva de la ribera oriental al otro lado del Schuykill, ella cantando y yo tratando de entender cómo exactamente es que me he vuelto tan espartano habiendo sido siempre tan ateniense….