Hasta que hace poco M, una gran amiga, me abrió los ojos a la verdad, yo no conocía el término forever; sin embargo sí tenía alguna intuición sobre el asunto. Para tratar de explicar de que se trata el foreverismo voy a utilizar una anécdota de Juan Villoro, quién, estoy seguro, sigue sin conocer la expresión.
En un texto que escribió por ahí del 97 o 98, Villoro recordaba la vida en los setentas, tiempo en el que hizo todas esas cosas que los jóvenes hacían en esa época. Regresando a los noventa contrapunteaba la situación. Mientras el resto de la gente había “evolucionado” a un nuevo estadío vital, él hablaba de un amigo suyo que en sí mismo representaba un viaje de regreso: era el único que seguía usando suéteres de Chiconcuac, que guardaba en la alacena una lata de leche Nido atestada de mariguana y que invitaba a los amigos a viajar con la música más espesa de Pink Floyd. Ese güey es un forever.
Traslademos el asunto a nuestros días. R es otro muy buen amigo mío que aunque no lo aparenta ronda los treintaycinco y que desde el IFE lucha salvajemente defendiendo la trinchera de la democracia, o algo así. R ha decidido que la mejor forma de combatir el foreverismo es la constante actualización musical; M comparte esa opinión. R encontró su némesis en su nuevo vecino. Todos los sábados el muchacho que vive en el departamento arriba del suyo espabila escuchando a todo volumen el Ten de Pearl Jam, nunca cambia de disco y difícilmente cambia de canción.
Mi lucha contra el foreverismo comenzó tarde y en un momento decisivo; cuando uno está por cumplir los treinta es el tiempo justo para decidir que va a suceder en el futuro. Me di cuenta de que algo pasaba al notar que yo era el único obstinado en defender a Bono y los últimos dos discos de U2. Después me percaté de que sólo yo y otro borracho nos emocionábamos en las fiestas cuando ponían a Peter Gabriel. Finalmente entendí el sentido atroz de una de mis frases favoritas “el arte se acabó con Picasso”. Por suerte ya no estaba clavado con Milan Kundera.
Lo único que me salvaba de ser un forever consumado era haber escuchado con gusto a Interpol y The Libertines y haber descubierto a Roberto Bolaño. En un momento de lucidez me di cuenta de lo que podía suceder. Me veía sentado con una chela en la mano, vestido de caqui y hush puppies, afirmando que la música empezó con The Doors y terminó con el primer tarado al que se le ocurrió usar un sampler; recordando con nostalgia enfermiza el sexenio de Zedillo y la Presidencia de Clinton. La dramatización cierra conmigo mismo, la mirada perdida en lontananza y en la voz un dejo de amargura: “las cosas ya no son como antes”.
Desde ese momento me he esforzado por mantenerme actualizado y por cambiar mi marco de referencia antes de que se anquilose, a tal grado que hay algunas cosas que podrían ser consideradas como clásicas pero que en mi fuero interno son negadas con la contundencia del mazo de un juez de película gringa.
Hace dos semanas fui al concierto de Fobia en el Auditorio Nacional. Durante los noventas fui un fan declarado y militante de esta banda, a la que consideraba lo mejor que había dado la música en México, sólo superada por Consuelo Velázquez (esa señora que escribió Bésame mucho) y José Alfredo. Llegué casi obligado y sin expectativas. Tanto mejor porque a la mitad del concierto me sentí defraudado. La lucha contra el foreverismo tiene su lado negativo, en otro mood me la hubiera pasado muy bien oyendo las canciones de Paco Huidobro. Ahora, a menos de que esté escuchando algo que salió después del 2002, siento que estoy perdiendo el tiempo..