En defensa de Jersey
A J., evidentemente.
J. mide como uno sesenta y sus ojos tienen el diámetro del sol. De ella podría decir, parafraseando a gente de palabras mayores: si de Jersey no se salva ella, no se salva nadie. Aun más, considerando mi obsesión por ése estado lo sorprendente es más bien tanto tiempo y tanto espacio y coincidir. Encontrarse de zopetón con alguien que puede responder varias de nuestras preguntas más fundamentales al tiempo que da pie a otras tantas es un resultado que claramente va contra el azar. Claro que para orquestar estos eventos fortuitos siempre hay un Deus Ex Machina dispuesto a funcionar como Celestina. El destino, seamos sinceros, tiene vocación de madama. Hoy día y en mi caso particular, yo le achaco la mayoría de mis eventos fortuitos a mi compañero de vuelo y a su afición insoportablemente española de salir de marcha. Cuando yo empecé mis expediciones nocturnas lo hacía de manera lineal mientras que él arma las salidas como quien estuviera armando rompecabezas. La última vez, recorrimos cinco bares, y dado que Philly es una ciudad diseñada alrededor de la idea de la peregrinación alcohólica, pudimos mantener un nivel de enfiestamiento digno de un hidalgo peninsular y otro indiano.
La primera parada fue en busca de su leit motif , una camarera mítica y guapísima que como las vírgenes que antes se aparecían en cuevas y despoblados, vino de la nada para servirle un trago que contenía la palabra verdadera, y luego se desvaneció tenue y meliflua detrás de la barra para nunca volver a ser vista. La falta de éxito, sin embargo, no es excusa suficiente para dejar de ir al santuario. Los rituales son los rituales así que como todas las noches de marcha, paramos ahí e iniciamos con un red bull vodka, bebida de teiboleras y cantineros, cuya leyenda negra dice que aumenta los momios de caer muerto víctima de paro respiratorio, pero cuya verdad es que proporciona los dos elementos que un noctívago necesita: alcohol para tranquilizar el alma y un shot de cafeína para superar la noche. De ahí caminamos a nuestra estación de inicio, un bar que vende dos tipos distintos de camisetas. Las primeras dicen Don't fuck with me . Las otras dicen Don't fuck with me . Consideradas al mismo tiempo, esas playeras resumen la condición humana. Fue en ese bar donde conocí a J. Coincidimos en un número crítico de dimensiones y por ello, como responsable de esta bitácora debo dejar claro y bien establecido lo que ella me dijo y lo que ella implica: Jersey es inmensamente más complicado de lo que yo jamás me imaginé. En cualquier caso, doy gracias a las agencias responsables que con esta mensajera me dieron mi epifanía personal de lo que los gringos llaman el Garden State .
Ofrezco disculpas porque ahora voy a saltarme pasos narrativos y me voy a ir del bar sin decir ni pío. Eso, sin embargo, no es lo fundamental. Lo que me importa en este momento es que vean la escena junto conmigo. Fijen sus atención en J., quien se indigna y abre sus ojos como quien lava esmeraldas y dice que es increíble que ser de Jersey sea como un estigma y que la gente no los tome en serio. Su cabello corto y castaño se sacude cuando ríe y agrega: claro, también es cierto que el porcentaje de mujeres con permanentes monstruosos y uñas gigantescas es altísimo, pero…pues eso está bien también, ¿no? Somos un estado industrial, y en el sur la zona está poblada de casas rodantes pero…Jersey es mucho más que eso. Se me queda viendo fijamente y después de morderse un labio agrega: el norte de Jersey es diferente, y parte de la idea equivocada que tiene la gente es porque toman la Jersey Turnpike y el área aledaña es francamente desagradable. Lo mismo sucede cuando uno maneja por la 206, la 130 o la 55; es típico que al manejar uno hacia el sur se encuentre rodeado de mini súpers y madererías…muy surrealista. Otra sería la historia si se fueran por la Garden State Parkway , la zona es mucho más bonita y de hecho siguiendo esta carretera uno llega a las playas del sur del estado, donde la gente tiene sus casas de veraneo y tal. El norte también es muy bonito, mi familia es de allá. En el invierno tenemos nevadas de medio metro, y en mi universidad nos robamos las charolas de la cafetería y las usamos como si estuviéramos en las competencias de bobsled . Le pregunto que si bueno…que qué tan grandes son estas charolas de las que me habla y me contesta, muerta de risa: pues…no muy grandes. Lo que hacemos en sentarnos sobre de ellas con las piernas dobladas como apaches y nos encomendamos a dios. Ya entrado en gastos, le intento preguntar sus coordenadas en el mapa trascendental, si cree en Dios, en qué dios cree y que opina de la vida y de la muerte. Se me dificulta porque cada vez que la veo de frente pierdo la cadencia de mis ideas, pero saco fuerzas de flaquezas y consigo decirle: oye, este…¿y eres católica? Ella se queda pensando y dice: pues de hecho sí. Mi confusión aumenta cuando añade que sin embargo, aprendió bastante trabajando para el templo judío, y para demostrar su control sobre el hebreo, pronuncia la palabra challah – pan de huevo – como quien dice jjáhlah. También fui directora del coro en mi parroquia, dice . Yo concluyo que con ese currículum, pase lo que pase estará bien colocada cuando llegue la hora del Juicio Final Su posición sobre el la muerte es la siguiente. Alguna vez un gato moribundo decidió ir a dormitar sobre su regazo mientras ella veía la tele. Las horas pasaron y el gato murió. Esto, dice, fue lo mejor que le pudo pasar al gato. Seguimos conversando y J. aprovecha para decirme que fue campeona de múltiples campeonatos de spelling , que yo acabo de deletrear mal Franz Ferdinand , que por favor tenga cuidado y que no sólo eso, sino que también pronuncio mal el nombre del grupo Frou Frou . Según yo, hombre de mundo, se pronuncia frú frú , a la usanza francesa. Según J., conductora de su propio programa de radio, se pronuncia frau frau . Ambos nos reímos al pensar que llevamos años, cada uno por su lado, recomendado a este grupo y con seguridad uno de nosotros ha estado haciendo ligeramente el ridículo. Yo me sonrojo, ella se ríe de nuevo y dice: pero…en todo caso es posible que yo esté equivocada. Continúa y entrecerrando sus párpados añade: ya que estamos en esto, creo que debo decirte que no pronuncias bien las “ dés ”. Cuando dices dog o door o así, no hay problema, pero cuando la dé está en medio de una palabra haces una dé suave, no fuerte. Mira. Se acerca, me muestra una revista y me obliga a que diga: Edinburgh, sadness, consider. Fracaso estrepitosamente al pronunciar mis dés , y ella dice ligera y triunfal: ¿viste? Pero no te preocupes. No es tan malo.
Mucho antes de estos eventos, mi amigo F. me dijo que yo tengo una relación peculiar con Jersey. Yo a veces se lo quiero achacar a Chasing Amy , otras tantas a Natalie Portman; a veces le quiero colgar la medallita a los trenes que lo llevan a uno a Princeton. A veces creo que es porque me siento prisionero de conciencia en Philly y me imagino que Jersey, amurallado detrás del Delaware , es la tierra prometida a la que podría llegar si pudiera renunciar a la vida que tengo. Por ahora no tengo la energía suficiente para encontrar una respuesta que me deje satisfecho. Lo único que puedo hacer es agradecerle a J. sus servicios de intérprete, desde el fondo de mi corazón perdido.