Leyenda urbana.

Entre los laboratoristas y profesores de materia hay este deseo insensato de escuchar las siguientes líneas: ¿Sabe usted? Me caía bien desde que me daba clase, pero como era mi profesor me parecía poco apropiado decírselo, pero como ahora no tengo nada que ver con usted,  pues pensé que finalmente podría ser apropiado decírselo. Ahora, quíteme las bragas y hágame suya en su escritorio cochambroso.

Quizás esto último no de esa manera, pero bueno. Palabras para tal efecto. Yo también he pasado por ahí.A veces, para completar mis emolumentos y poder comer, ofrezco mis servicios como tutor independiente y doy clases de microeconomía básica o cosas por el estilo. En fin, eso es solo contexto. Lo relevante es que  había una vez esta alumna a la que le daba tutoría que era idéntica a Claire Danes. La primera vez que llegó a mi oficina venía con el sudor aún brillando sobre la torre bronceada de su cuello, y me dijo: perdón por llegar tarde, pero estaba en las prácticas que hacemos las porristas. Yo me limité a beber de mi café y voltear hacia el pizarrón. Se quedó en mi oficina tres horas, una de las cuales se desperdició platicándole de mi vida, obra y milagros sin que esto tuviera efecto alguno sobre nunguna variable de relevancia. Cuando ella solita pudo explicar los abstrusos mecanismos de los impuestos de tasa fija se levantó de su silla e hizo un bailecito de satisfacción. Se detuvo, sonrío y dijo: did you like my little dance? Muy contenta por el resultado de su sesión pagó mis emolumentos y se perdió en los pasillos circulares del edificio de economía. Yo me fui a descomprimir a la salita que la universidad le tiene destinada a los estudiantes graduados para platicar sobre sus proyectos de investigación. Tuve la suerte que una amiga española estuviese ahí para escucharme decir que la vida era una mierda en botella y que quería la devolución de mi dinero. Mi amiga me dijo que se me notaba que estaba totalmente empalmado, y que si el temita me molaba, lo mejor era irme a pajear a a mi casa. Yo no le hice caso y me quedé tomando café express, que no es lo mismo pero da igual. Añadí con las manos y la voz temblorosas: me dio propina. La desgraciada me dio propina. Me pagó mi tarifa por hora con dos billetes de veinte dólares y me dijo: no te preocupes, quédate con el cambio.

La muy infeliz no quiso su cambio y me lo dejó como propina. El que crea que la educación superior es diferente a la trata de blancas no tiene ni idea. Es sólo que a veces, el lado del mercado que se acaba emputeciendo no es ni el que uno esperaría ni por las razones más evidentes.