4 de junio de 2005. No hay marcha en Nueva York, pero yo estoy en Madrid.
Es sábado, ayer salí hasta muy tarde (es decir la mañana de hoy), me duele la cabeza. Tendré que permanecer en casa y trabajar un poco. Si uno no tiene cuidado, la vida nocturna madrileña puede terminar por llevárselo como las brujas de los cuentos, como los robachicos de esos de los que tanto me hablaron cuando era niño y de los que no he vuelto a saber desde la primera vez que me aventuré a ir al cine sólo.
Pequeña digresión, en realidad la primera vez que fui al cine sólo no fue sólo. Ese día fui al cine con un amigo y lo último que pretendíamos era ir al cine, nuestra verdadera intención era ligar chicas adolescentes como nosotros; esa es la única ocasión en mi vida en que he sido asaltado, fue sobre Avenida Universidad y perdí una chamarra de cuero recién heredada de mi padre, un reloj swatch , mi cinturón y mi cartera. Amablemente, uno de los muchachos que nos despojaba de nuestras cosas nos cuestionó sobre nuestros lugares de residencia y nos propocionó el dinero suficiente para poder llegar en pesero. Mi mamá me regañó. Pero no hubo robachicos que me llevara, quizás los robachicos no existen, o quizás ese día dejé de ser “chico”.
Pero volviendo al punto anterior, la combinación de mi vida hoy es peligrosa. Las clases de mi master terminaron y ahora estoy en un periodo de prácticas que me deja tiempo libre suficiente (si, la frase termina aquí porque el tiempo libre podría ser suficiente para cualquier cosa). Si lo juntamos con mi escasa disciplina ya proverbial, mi propensión a la fiesta y el hecho de que estoy en esta ciudad donde viven 5,000,000 de personas de los cuales pareciera que la mitad son dueños de garitos y la otra mitad sus clientes, menudo futuro me espera. Afortunadamente me estoy quedando sin dinero.