Madrid, 4 de julio de 2005. España dividida
Para un observador más o menos imparcial, que es lo que pretendo ser, queda la impresión de que España está dividida. Es decir, la sociedad española está dividida ideológicamente. Por un lado hay una sociedad muy conservadora, clavada con el catolicismo, monarquista y heredera franca del franquismo. Del otro lado existe esta sociedad muy liberal, casi a la vanguardia del mundo.
Esta división es patente en política –los conservadores votan por el PP mientras que los liberales lo hacen por el PSOE o los partidos de izquierda de las comunidades autónomas—, en la prensa –los de derecha leen El Mundo o La Razón o ABC y los de izquierda leen El País—y, evidentemente, en la forma de ver e interpretar la vida.
Hace casi una semana se realizó en Madrid una marcha organizada por el PP y algunos grupos vinculados a la Iglesia Católica. La marcha se llevó a cabo para protestar en contra de la inminente aprobación en el Congreso de una Iniciativa que permitiría el matrimonio entre personas del mismo sexo. Según reportes de la prensa, asistieron casi 250,000 personas. Todo un record.
Entre los asistentes se veía a muchos adultos y muchos adolescentes, es decir, padres con sus hijos. Asistieron también curas y monjas. Hubo oradores que se pronunciaron en contra de la evidente violación a los derechos de los heterosexuales que implicaba la aprobación de la dichosa Ley, quienes dijeron que estaba bien legalizar estas uniones, pero que no se debería usar la palabra matrimonio. Las pancartas señalaban que la familia está integrada por un hombre, una mujer y la descendencia natural de estos y se lanzaban directamente contra José Luis Rodríguez Zapatero –alias ZP, Presidente socialista del Gobierno Español—a quien le remarcaban el hecho de que había nacido gracias a la participación en el acto sexual de su padre y su madre, es decir, un hombre y una mujer. Las cosas fluían con naturalidad, entre las pancartas, las mantas y las banderas de España se asomaban ejemplares de El Mundo, La Razón y ABC.
La Ley fue aprobada en las Cámaras y publicada en el Boletín Oficial. La aprobación coincidió con la celebración de la fiesta del orgullo gay. Nuevamente, las calles de Madrid se vieron inundadas de gente, pero en esta ocasión hubo más colorido. La celebración fue como cualquier celebración carnavalesca con Drag Queens que bailaban en ropas invisibles, parejas de hombres, parejas de mujeres y si, también muchos heterosexuales.
El sábado por la noche, día de la culminación de las celebraciones, el barrio de Chueca se llenó de gente, otra vez se habla de 250,000 personas. Este barrio debe su nombre a un señor de apellido Chueca que fue un compositor de zarzuelas muy importante en España, luego fue adoptado por los gays madrileños quienes son sus principales habitantes; a mí me sigue pareciendo muy divertido que el barrio gay se llame Chueca. En las calles ondeaban las banderas del arcoiris, por lo menos tres escenarios de música electrónica, los bares que veían sobrepasada su capacidad pusieron stands en las calles para vender sus bebidas. A un amigo le sacaron el reproductor de discos de la mochila, alguien más hablaba de su cartera perdida. El País relata que unos italianos que pasaban por ahí señalaron que nunca en su vida habían visto una fiesta de tamaña magnitud. Todo culminó ya con el sol en lo alto.
Volviendo al punto inicial, parece existir una división obvia entre la población española. Lo verdaderamente sorprendente es que frente a esta polarización de opiniones las discusiones políticas se lleven a cabo en total civilidad, casi podría decirse que de manera cordial, que sigan existiendo acuerdos políticos, que no se trate de una sociedad marcada por la violencia. Otra vez, no quiero empezar a pensar en México.