Madrid, 7 de junio de 2005. ¿Cuántos boletos? ¿Uno nada más?

Hoy ha sido un día productivo, trabajé por la mañana, por la tarde fui al cine. Hace poco hablé de la primera vez que salí al cine en compañía de un amigo. Hoy es momento de hablar ahora si de la primera vez que fui al cine sólo.

Recién acababan de estrenar Tres colores: azul, de Kieslowski. Mi gusto por el cine apenas comenzaba a desarrollarse y como muchos de mis gustos, la literatura por ejemplo, no era compartido por ninguno de mis amigos de aquel entonces. Mis opciones eran ir sólo o no ver la peli. Decidí ir sólo, no era muy difícil en realidad, en ese entonces me mantenía en esa etapa adolescente de búsqueda intelectual que me hacía fumar tabaco oscuro, beber expresso tras expresso y usar camisas negras de cuello mao que no combinaban con mi papada.

A pesar de esto, siempre queda la idea de que cuando uno va al cine sólo hay algo que no está bien en el fondo. En la peli que vi hoy, una comedia romántica argentina bastante aceptable, el protagonista, que se llama Javier, acaba de terminar con su mujer y se encuentra en ese periodo de luto en el que uno se vuelve insoportable, incluso con los amigos más fieles. Un tarde decide meterse al cine sólo. Clavado en la autocompasión no se da cuenta de que una chica trata de ligarlo en la cola del cine, el taquillero pregunta que cuantos boletos quiere y él responde que uno. ¿Uno nada más? Pregunta el taquillero, y Javier responde empujado por la ira que si, que uno nada más y que al taquillero no debe importarle si la gente compra un boleto o dos o los que sean, porque todo el mundo es libre y si a él se le hinchan las pelotas ir sólo al cine va sólo al cine; o palabras para tal efecto. Después la chica pide un boleto, el taquillero pregunta ¿uno nada más? La chica dice si, paga y se va con su boleto.

El caso es que decidí ir solo al cine, al Pecime, para ser precisos, justo enfrente de Centro Coyoacán. Creo que ahora ya no existen. No pasó nada malo, vi una película que me hizo cambiar la forma de entender el cine y regresé a mi casa siendo distinto. A partir de ese momento perdí el miedo al onanismo cinematográfico y son muchas ya las películas que he visto desde la cómoda soledad de mi butaca.

Hoy no fui solo al cine, fui al Princesa, cerquita de la Plaza de España. La chica, como buena noreuropea, no me permitió que le pagara la entrada. Dice que la película le gustó, yo creo que no entiende el acento argentino.