Después del reventón de Reforma

Tras la ventana, brillaba la luz de la tarde medianamente contaminada, la falta de automóviles que circulaban por la ciudad dado el fin de semana largo, permitía que el sol se expandiera por los aires como si estuviéramos en un retroceso histórico, en el México de los setentas, donde se podían apreciar las estrellas y los pájaros danzaban alegres bajo las copas de árboles que hoy deben haberse convertido en papel para propaganda política.
El edificio en el que encontraba aquella tarde, me permitía la vista de todo el centro, las calles tomadas por el movimiento que encabeza López Obrador se encontraban justo debajo de mí, la gente tan diminuta, las pancartas subversivas y de alto contenido violento apenas se distinguían como pequeños pedazos de colores que se movían con el viento.
De un momento a otro, aquella masa de personas comenzaron a moverse, cargando sus pertenencias, recogiendo lo necesario para abandonar las calles. Los campamentos se levantaron como bolsas de papel; en pocas horas, las vías que habían servido de piso-casa-habitación de los seguidores de Andrés Manuel, estaban disponibles para el siempre aburrido y desapercibido desfile de las fuerzas armadas.
Conforme pasaron las horas, la gente fue tomando las calles, anonadados caminaban sobre Reforma, asegurándose que ningún plantista trasnochado quisiera instalar un pequeño campamento a las faldas del ahora limpio y brilloso “Ángel de la independencia”.
Los días consiguientes se distinguieron por el escepticismo de los defeños, quienes creíamos casi imposible que Reforma, al fin, estuviera libre para transitar. Y es que es mucho más probable aceptar que la realidad está jodida, que pensar que, bajo quién sabe qué parámetros, todo este embrollo vial se resolvió sin mayor contratiempo.
Lo que no parece tener una resolución próxima es el conflicto post electoral entre el presidente electo, confirmado por el Tribunal Federal Electoral, y el ex candidato a la presidencia, Andrés Manuel López Obrador, quiénes se han intrincado en dos posicionamientos que parecen infranqueables: el respeto a la legalidad y las instituciones por un lado, y la urgencia de que este país está de la chingada y algo se tiene que hacer, así sea por las vías menos democráticas e institucionales.

De primer momento, la opción no institucional parece de lo menos alentadora, no obstante, entre los 60 millones de pobres que hay en este país, que el 50% de las familias en México vivan con menos de 8,000 pesos al mes, que el narcomenudeo en la ciudad haya aumentado en un 500% en el último sexenio y que la banda no tenga mayor esperanza que una pensión que recibe del gobierno, sin duda, genera ciertas suspicacias en cuanto a cómo funciona el aparato institucional y alienta a los observadores de lo social a preguntarle a Felipe Calderón ¿qué piensa hacer ante esta problemática? y por lo que se ve, no parece que lo tenga muy resuelto, mucho menos López Obrador, quién de buena a primeras, decidió nombrarse presidente legítimo…