Mi padre, por motivos de trabajo, tuvo que leer los libros de Leonardo y Clodovis Boff. La verdad yo no me acuerdo si son uno o dos, o si Clodovis es el segundo nombre, o si ambos son los hermanos perdidos de la gran mujer y escritora apócrifa Rabina Gran Tagore. La teología de la liberación nunca fue mi taza de té, y veo poco probable que algún día lo llegue a ser. En fin, estoy divagando. El caso es que mi padre me decía, en aquellos días en que la lectura de los Boff era crucial para el Estado Mexicano: los cardenales siempre guardan la compostura. Si son nombrados Papas o no, si la vida les juega una mala pasada, si tienen que destruir la carrera de un rival, siempre mantienen la vertical. Sonríen y respetan las formas. A esto le llaman la romanitá. El arte de decir: eres un perfecto imbécil , sin que nadie pueda tachar la conducta de quien dice el improperio. El arte de insertar una daga al tiempo que el oponente sonríe. O el arte de sonreír mientras uno se saca el puñal que le acaban de enterrar.

El día de ayer fui a Nueva York. Era la última etapa para ser contratado en una conocida consultoría que paga salarios de a seis números por año. En dólares. En caso de terminar la entrevista de manera exitosa, me sería extendida una oferta. Huelga decir que yo estaba animado. Llegué con mi trajecito a rayas adquirido en Zara y una power tie. Quizás me había confiado. Quizás la Policía del Karma me tenía agarrado de mis partes nobles y yo no me había dado cuenta. El caso es que después del viaje en tren –boleto de business class - , cortésmente pagado por la citada compañía, llegué a Nueva York. Nunca me deja de sorprender. Si han estado, sabrán exactamente de lo que les hablo. Si no, imagínense al centro del DF pero en esteroides. A la casa de los Azulejos con gigantismo y a la Latino con hiperparatiroidismo. Cientos de gentes caminando por las banquetas, humo saliendo de las coladeras y colosales torres ciegas de concreto y cristal elevándose hacia todos lados, bloqueando la luz y multiplicándola. Y yo con mi trajecito y mi corbatita. Esperando. Llegué a mi cita. En la entrada del edificio, el guardia de seguridad imprimió una estampita con mi nombre, y me indicó dónde tomar el elevador. Ya en la oficina, veintiún pisos por arriba del primero, una secretaria gentilmente tomó mi abrigo y lo colgó en el guardarropa. Me llevaron a la sala de conferencias. Ahí había una pirámide de bocadillos, una hielera impecable, bebidas refrescantes y agua embotellada. También había otros candidatos con CVs que listaban escuelas a lo Harvard o Princeton o Stanford. Nimiedades, pues. A cada uno de nosotros nos dieron una carpeta con el esténcil de la compañía, y mientras esperábamos comentamos inocentemente lo difícil que sería encontrar un buen lugar donde vivir en NY. A los quince minutos una de las chicas de recursos humanos me sonrío y dijo: “pasa por aquí, por favor. Te están esperando”. Me levanté, dejé mi mochila y la seguí.

Les ahorraré el play by play y haré fast forward a esta tarde de domingo en la que escribo. Esquemáticamente, lo que recuerdo es el destello de lucidez donde pensé “ya me c*gieron”, el mensaje en mi correo de voz que iniciaba con “te agradecemos mucho que hayas venido” y el vacío en el estómago que se me hizo al comprender que de manera inevitable que le tendría que decir a M que esto no había cuajado. Lo tomó mil veces mejor que yo y al menos a ella no se le hizo un nudo en la garganta al pensar: “puta madre. ¿Y ahora qué?” Por ahora ella duerme en la habitación de al lado, en mi departamento de una sola pieza, tranquila en esa seguridad femenina que insiste en que las cosas tienen que funcionar. ¿Yo? Yo me limito a contar la historia, a ver si puedo apaciguar los demonios de una final perdida, esperando a ver qué más sale.