El segundo piso
Hace unos días una mexicana que apenas viene a un posgrado acá al gabacho me decía lo siguiente: “No recuerdo como era el tráfico en la ciudad de México antes del segundo piso. Yo vivo atrás de Televisa San Ángel, y para bajar al Periférico hago cuarenta minutos en un trayecto que yo pienso no me debería tomar más de cinco. Pero pues…siempre ha sido así desde que entré a la carrera ¿ves? Igual y si ayudó tantito. Quien sabe.” Me quedé pensando en lo que dijo esta niña, y yo sí lo recuerdo. Antes, el tráfico de México era el de una ciudad que tiene veinte millones de pelados y cinco millones de coches. Ahora, el tráfico es simplemente obsceno, una fuerza de la naturaleza, imposible de predecir, controlar o encauzar. Pero como diría Hamlet, these but the trappings and the suits of woe. A mi el segundo piso me quebró el corazón, me quemó las pupilas y me dejó cicatrices como si fuera el anillo (periférico) de Sauron. Y yo recuerdo perfectamente como fue que llegamos de un lugar a otro.
Cuando me fui del dé efe, el segundo piso era un proyecto a considerar, un tema para debatir con los cuates y criticar que si era un elefante blanco o si una solución viable a los problemas de tránsito de la ciudad o si las arañas. En esos días, yo iba y venía sobre el Periférico o por Insurgentes, normalmente muy quitado de la pena. El Peri tenía tres carriles en cada sentido, era una perogrullada pensar que los carriles tenían que estar demarcados por líneas blancas, y era inconcebible que no hubiera los separadores esos de concreto con tela de alambre que están ahí desde pues no sé…Uruchurtu. Esas eran verdades axiomáticas de la microgeografía urbana del dé éfe. Siempre me ha latido manejar en la noche, así que era uno de mis gustos el salirme de mi casa a dar el rol y disfrutar el aire casi limpio de la ciudad. Entenderla manejando a través de ella. En fin. Me fui de México.
Cuando regresé, había a los lados del Periférico agujeros ciclópeos con pilares de concreto armado y corazón de varilla. A estas cosas les llamaban “ballenas”. Las entrañas de la ciudad estaban regadas a lo largo de varios kilómetros, diligentemente excavadas por equipo pesado de construcción. Sentí como si le estuvieran poniendo a la ciudad no sé…una prótesis, una especie de exoesqueleto monstruoso. No bien me establecí para pasar mis vacaciones cuando me di cuenta que manejar en las noches iba a ser imposible. Los horarios de construcción me confundían y nunca supe cuándo se podía circular o no por el Periférico, o qué tramos estaban cerrados. El momento del reingreso a esta nueva vida motorizada fue un trauma absoluto.
No se si ustedes lo notan, pero ahora no queda nada claro el número de carriles que hay; a veces son tres, a veces son dos, a veces es un solo carril gordo, gordo, en otras son tres microcarriles en los cuales más vale no sobrepasar los 30 kilómetros por hora. Esas primeras vacaciones, cuando más o menos pude digerir el pasmo, salí a verme con unos amigos y me pasé horas - H O R A S - atascado a la altura de Avenida de las Flores, mentando madres y viendo como mi sábado se desangraba lentamente. Eran como las diez y media de la noche y no había razón alguna por la cual hubiera tanto tráfico…excepción hecha del infame segundo piso. Me carga el carajo, pensé. La ciudad…mi ciudad…no me podía estar haciendo esto. Y sin embargo, me lo hizo. No hablemos ya de tratar de ir del norte hacia el sur en horas laborales. Para tratar de solucionar el problema, me hice especialista en la búsqueda de vías alternas para las vías alternas, y aprendí los recovecos que hay en la colonia San José Insurgentes, y que le pueden dar a uno paso más o menos libre hasta que haya que reincorporarse a Revolución o Insurgentes o lo que sea. No me pareció chistoso.
La construcción del segundo piso me divorció de la ciudad. Ya ha pasado algo de tiempo desde entonces, y la construcción del segundo piso continúa y mi desazón y sentimiento de no pertenencia aumenta. Otra cosa quizás peor que los problemas de tránsito es la versión de la ciudad que se ve desde el segundo piso. En el segundo piso no hay mendigos. No hay payasitos. No hay microbuses ni gente esperando el camión. Es un paraíso de la chabacanería. Un placer culpable para los que queremos creer que el DF es una metrópolis a lo Ridley Scott. Una carretera donde – aún – no hay embotellamientos y donde la ciudad pulsante y moribunda no es más que un bonito marco cuadriculado por miles de luces y resaltado por algunas cúpulas de iglesia. Toneladas de concreto que sirven para esconder debajo de ellas la cara agrietada de una ciudad que no sabe cómo renovarse. El segundo piso nos evita ver la realidad desagradable de una ciudad que parece le tiene fobia a los espejos. Una avenida más de escape.