Todavía no sabemos qué hacer

Cuanto más conservadoras son las ideas,
más revolucionarios los discursos.
Oscar Wilde

Hace algunos meses estaba en mi casa desayunando, a punto de salir de mi acogedor departamento para dirigirme a la agreste calle y al mundo oficinista al que, por falta de talento en la cuestión literaria, me he tenido que suscribir, aguantando mierda hasta el cuello y diciendo “mmm… qué rico ¿no tendrá más aguadita y color amarillo canario?”.
Me lavaba los dientes cuando sonó el teléfono fijo, contesté precipitadamente dado que se me hacía tarde y el mundo de las consultorías enfocadas a resolver los epifenómenos que se suscitan en la vida política de este país, no pueden esperar ni un segundo. Era mi padre, le expliqué que estaba a punto de salir, todo con la intención de que apresurara su llamada; el fulanito me dijo que necesitaba mi número de cuenta del banco para hacer algunos traspasos, se lo di y antes de despedirme, se dirigió con un tono sarcástico y dijo “bueno, pues ya ganó el pinche Felipe ¿no?”.
Para ese momento pude recordar que entre mi padre y yo se habían forjado distancias infranqueables en lo que a cuestiones de opinionitis política se refiere. Señalo lo de la opinionitis porque, asumiendo mi lugar en el devenir histórico, me parece que ni progenitor ni yo, por más discusiones sañudas y encarnizadas que tengamos, habremos de cambiar lo que una elite a nivel mundial decide (OJO: si escribe usted en algún diario sea local o a nivel nacional, ponga atención, sino se trata de chismes al más puro estilo de Ventaneando, deje de mamar verga y pensar que todo México está pendiente de sus profundas reflexiones).
Continúo. Guardé silencio por unos segundos, respiré profundo y con un tono altanero pregunté que a qué se refería con esa afirmación. Él hombre, que fue participante activo del movimiento del 68´, que trabajo incansablemente durante 28 años en el IMSS con el discurso de que la salud no debe ser un negocio y demás pretextos discursivos, percibía que, de alguna manera, el peje estaba en alto riesgo y vislumbraba como posible lo nunca antes pensado, que el abanderado del PRD podía perder la presidencia.
Yo respiré profundo y le dije que no era tiempo de hacer conjeturas, estábamos a un mes de saber el resultado de la elección (hoy me rió mucho de esa inocencia en la que, pensaba, se iba a desarrollar el proceso electoral) y que iba a pasar lo que los ciudadanos decidieran.
Al parecer mis palabras resultaron un elemento más para el ataque y, de buenas a primeras, mi padre gritó por el teléfono “No entiendo, pero si yo lo único que hice fue  educarloooooooooooooooooooooss para la revolucióoooooooon” y en ese momento aparecieron en mi cabeza las interminables discusiones entre mis padres acerca de mi asistencia a una escuela pública, mi madre implorando la incorporación de mi persona a una entidad educativa de mayor caché, mientras mi padre defendía a capa y espada que sólo asistiendo a una escuela pública se aprende lo que se debe aprender (¿a qué se refería con eso? no lo sé, a veces sospechó que eso de saber cómo se “cocina” la coca no se enseña en cualquier parte, ja)
El asunto es que yo no supe qué contestar y él colgó intempestivamente el teléfono. Lo siguiente que remitió a mi educación revolucionaria fue la incursión que realicé a los campamentos andresmanuelistas, en los que se formó un microcosmos a raíz de los sospechosos (a los ojos de López Obrador y un 30% de la población) resultados electorales que el IFE no supo cómo presentar en su momento.
Al ver a la banda prendidísima con los horarios de conciertos y actividades de dibujo para niños, todo con pretextos democráticos tipo “Nana pancha y Sekta Kora, Lunes 13 de agosto, un concierto por No al pinche fraude”, a las consignas altamente violentas como la de “Calderón, pinche traidor, por ti se derramará por tercera vez la sangre de los mexicanos” acompañado de un bonito recuento desde “1810, 1910, 2010”, entre otras cosas, regresé al grito de mi padre, a la educación para la revolución, al detrimento de las puercas instituciones y a la posibilidad de crear un mejor ordenamiento social. Salí de los campamentos preguntándome si mi lugar no estaba sobre el asfalto perjudicado de avenida reforma y no en mi acogedora casa en la Del Valle.
Al día siguiente platicaba con un colega quien, de repente, me dijo, palabras más, palabras menos: “Bueno pero ¿es que López Obrador no se ha dado cuenta que hay un buen cacho de la población que creemos en las instituciones? Yo creo en las instituciones porque bajo un escenario de absoluta barbarie, tengo mucho que perder”.
Aquellas palabras resultaron lapidarías, como si un ferviente seguidor del pejismo me hubiese dado a beber del cadiz de la verdadera lucha social, pensé que era una reverenda mamada que acaso alguien cómo yo pudiera ser considerado como parte de ese grupo de personas que tenían “mucho que perder”. Un salario de veinte mil pesos por indeterminadas horas de trabajo, un departamento rentado, una seudo novia que vive en Londres y qué quién sabe si volveré a ver, un gato hiper neurotizado y una computadora que hace seis meses me costó 2 mil dólares y hoy cuesta la mitad… no sé, me sonó dudoso que alguien como yo tuviera “mucho qué perder”.
Convencido de que aquellos que no tienen nada que perder estaban a favor de AMLO, fui a mi casa dispuesto a llevar lo necesario para instalarme en el zócalo de la ciudad, tengo mis contactos pensé, que me lleven con los que menos tienen que perder, seguro que hay niveles, yo quiero con los más ultras, con los que de veras no tienen nada que perder. Empaqué mi sleeping, mi lámpara, ropa, en fin, lo necesario para sobrevivir en el campamento. Antes de salir de casa, le marqué orgulloso a mi padre, al fin había entendido los objetivos de la educación que, con esmero, aquel buen hombre se había preocupado en cimentar en mi persona.
Cuando le conté de mis conclusiones, lo primero que escuché fue un grito en el teléfono “¿pero qué estas pendejoooooooooooooooooo o quéeeeeeeeeeeeeeeee?”, le hablé de la revolución, de la primaria pública, hasta quise recurrir a los baños cagados de mi escuela primaria para hacerle notar que sí había entendido eso de que uno se tiene que chingar, perderlo todo para poder acceder a algo mejor, que la revolución era necesaria.
Pues no, aquello tampoco era la revolución que satisfacía a mi padre. Recordé a mi psicólogo y sus sabias frases que, desde pequeño, me hicieron saber que siempre estaría imposibilitado para complacer a mis precursores, pero esto era el pinches colmo de la mamada, pinche rucooooooo, que no se puede con esta bandaaaaaaaaa, así que colgué el teléfono emputadísimo y me senté en la sala mientras mi gato se subía en mi regazo y me pedía que le acariciara la cabeza.
Ronroneó como pocas veces mientras apretaba fuerte los ojos, el sol entraba por los ventanales de mi departamento y calentaba mis piernas, el cielo se veía tan azul que por poco olvidé que estaba en la ciudad de México y por la rendija entró un olor a flores mojadas, el señor que cuida mi edificio regaba las macetas que están afuera de mi departamento.
Me tiré en el sillón y abracé a mi felino pensando que si a eso se refería mi colega cuando dijo que tenía mucho que perder, tenía toda la razón, lo extraño es que, en ese sentido, aquellos a los que él calificó como anti- institucionales, tienen lo mismo que perder: el aire, el mezcal oaxaqueño y que les agarren sus partes cuando hace mucho frío.

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