Ludeca
 
 

 

 

 

 

 

 

 

 

De cómo han dejado de gustarme los toros (pequeña apostasía de la fiesta brava)

Nací un 28 de agosto, mismo día en que nació Tolstoi, nació Goethe y murió Manolete. Nací en la costa de Chiapas en un pueblo cuyo principal medio de subsistencia es la ganadería. Creo que estos dos hechos han marcado mi forma de enfrentarme a la fiesta de los toros y, en general, a los animales.

Buena parte de mi infancia sucedió entre visitas al rancho y a la carnicería de mi tía Mina (Maximina de nombre pero con un carácter explosivo que le hace honor a su diminutivo bélico).

Entendamos la forma en que aprendí a ver a los animales: las vacas son unos bichos perezosos que uno cuida durante un periodo de tiempo determinado, al final del cual son entregadas al matancero que tras un proceso donde abundan la sangre y los malos olores son transformadas en cortes para comer y materia prima para zapatos y chamarras; los caballos son entes de cuatro patas a los que uno se trepa para poder cerrarle el paso a las vacas que no quieren regresar al corral y, eventualmente, para soltar la carrera con mero afán lúdico; los perros pequeños son cuadrúpedos flacos, con sarna muchas de las veces, que sirven para avisarle al ranchero cuando llega algún extraño. Así las cosas.

La parte de mi infancia que transcurrió en el Distrito Federal sucedió bajo el cobijo de mi padre, hombre que se declara aficionado a los toros y que presume de haber lidiado más de dos vaquillas en una juventud tarzanesca que, según su leyenda, casi lo llevó a engrosar las filas de la primera división del futbol nacional.

La primera vez que me vi sentado en la Plaza México me costó entender lo que sucedía. Lo extraño no era que sacrificaran a un animal, lo que mi infantil cabeza encontraba difícil de entender era que hubiera tanta parafernalia y protocolo alrededor. Muchos amigos detractores de la fiesta brava han argumentado que es traumático someter a los infantes a un espectáculo tan sangriento. Yo siempre repliqué que, por lo menos en mi caso, lo único traumático había sido mantenerme bajo el sol durante tantas horas consecutivas.

Mis primeros escarceos con la lidia fueron torpes y más bien atrabancados. En un esfuerzo por quedar bien, con mi padre primero y mis amigos después, me preocupaba más por aprenderme los nombres y la jerga de la secta que por descubrir qué había de atractivo en el festejo que congregaba a tantos miles de personas los domingos. Pasado cierto tiempo era yo capaz de hablar con fluidez de naturales, pases de pecho, chicuelinas, trapío, toros bragados y corniabiertos, tercios y monosabios.

Poco después sucumbí, no sé si a fuerza de ver faenas y aprender el lenguaje, o por la seducción natural de la fiesta: una tarde me emocioné al ver correr la mano de Mariano Ramos, quien se paraba frente al animal con un valor que me estrujaba las entrañas (por no decir las pelotas) pasando la muleta por los belfos del toro con temple y elegancia.

La muerte del toro no me parecía nada injustificable, era parte del ritual. En toda mi vida como aficionado a los toros nunca negué la parte brutal de la fiesta (todos esos que se esforzaban por declarar que no era algo cruel porque los toros de lidia están hechos para eso me parecían pusilánimes) y siempre la defendí con otros argumentos. Los toros como una metáfora de la lucha del hombre contra la adversidad. Apolo elevándose victorioso sobre Dionisos, la mano del hombre domesticando a la muerte. En defensa de los toros, por mi boca desfilaron Hemingway, Picasso y Goya.

Recuerdo una tarde de domingo con la México llena hasta el reloj. Enrique Ponce realizó una faena épica que me puso, en mi asiento de segundo tendido, al borde del llanto;  después vino el acabose, una estocada limpia que dobló al toro en escasos segundos y era yo brincando de emoción y gritando olés, berreando como un niñato.

Durante todo ese tiempo siempre me parecieron ridículas las protestas de los grinpices y los petas y todos esos ñoños (los del “Partido Verde Ecologista de México” ni siquiera cuentan) que se paraban afuera de la Plaza de toros vestidos de blanco esgrimiendo un humanismo chafa y “aventándole de cosas” a los matadores. Más respeto me han merecido los amigos que han intentado razonar conmigo sobre la necesidad de que el humano presente un comportamiento menos salvaje (aunque termináramos enrollados en discusiones bizantinas sobre lo que significa salvaje y civilizado).

La última vez que fui a una Plaza de toros fue a Las Ventas de Madrid, para ver como el Zotoluco hacía el ridículo frente a dos Miuras pesados y aletargados, pero peligrosos. De eso ya hace más de un año  y, hasta donde yo sabía, me seguía gustando la fiesta.

Hace poco, en casa de mis padres, me senté frente a la tele a ver una corrida de la Temporada Grande de la México. “El Pana”, torero al que nunca había visto, pero del que tenía las peores referencias, regresaba al coso de Insurgentes después de haberse retirado un par de fines de semana antes (si, esas cosas pasan en la fiesta). La tarde se la llevó el joven aguascalentense Arturo Macias a fuerza de agallas y riñones, arrimándose al bicho y desgajando el arte desde su muñeca.

Debí haber sabido que algo estaba mal. Mientras los matadores arriesgaban el físico en la pantalla y mi padre gritaba olés desde un sillón reclinable yo alternaba la mirada entre el televisor y un libro de Salman Rushdie. Durante todo el segundo tercio (el tercio de banderillas) del primer toro de Macias no levanté los ojos a pesar de que mi padre quiso llamar mi atención sobre un par puesto por todo lo alto.

Con la muleta, el diestro de Aguascalientes fue grande. Muletazos lentos de 360° con los pies firmes y apostura torera. Poco a poco las imágenes del televisor le fueron ganando a las letras del hindú. Otra vez sucumbí ante el arrojo y la línea invisible que dibuja en redondo la mano del torero. Cuatro derechazos de rodillas captaron mi atención definitivamente. Luego vino la suerte máxima. Macías se perfiló ante un toro que se negaba a humillarse; otra vez la tensión antes del fin, la esperanza de una estocada que garantizara las apéndices para el novel matador mexicano.

Macías se tiró a matar y enterró el estoque en el morrillo del toro con perfección. En otras ocasiones hubiera brincado de mi asiento al grito de torero, pero esta vez sentí como la espada entraba por mi espalda y me partía músculos, pulmones y corazón. Cuando el toro finalmente dobló entre los capotes de los subalternos me esforcé por contener una lágrima que buscaba escapar de mi ojo derecho y pensé “pero que necesidad de matar al pobre animal”. Cuando me di cuenta de lo que había pensado descubrí que mi afición a la fiesta había terminado y dejé que la lágrima saliera.