Trabajos que nunca quiero hacer en la vida II: Ámsterdam
Llegué a Amsterdam solo y sin tener muy bien idea de que esperar. La estancia programada era de 3 días. Había reservado una cama en un hostal en el meritito red light district a 28 euros la noche y había anunciado que llegaba a las 2 de la tarde. Tuve un problema con la conexión del tren, llegué al hostal a las 6 y ya le habían dado mi cama a alguien más. Toda esa tarde fue puro buscar hospedaje. Encontré un cuarto decorado en rojo, la cama tenía forma de corazón y había espejos por todos lados: 70 euros la noche.
Para quien no hay ido a Ámsterdam, el Red Light District es como una especie de Disneylandia pero de eso que llaman el entretenimiento para adultos. Hay tiendas de pornografía, de juguetes sexuales, cofee shops con mariguana de todos los estilos y pequeñas vitrinas con prostitutas que llaman con señas a los posibles clientes. También parece estar repleto de turistas españoles.
Imagine usted la escena: un grupo de dos familias madrileñas camina por entre las callejuelas del barrio rojo, como familia latina uno puede contar a dos abuelas, tres abuelos, dos parejas ya entradas en años, 2 adolescentes y un niño, presumiblemente hijos de las parejas antes mencionadas. Tratan de recorrer todas las calles sin que se les escape una sola vitrina, contemplan a las comerciantes del amor como quien mira pinturas de Rothko colgadas en un museo y las esposas hacen comentarios del tipo “pero mira nada más que tía tan buena, debe estar operada”. Los esposos disimulan, pero difícilmente pueden ocultar ese gesto que indica sus verdaderos pensamientos: “el año próximo te dejo a Badajoz con tu madre y me vengo yo solo a que una de estas guapas me quite este fresquito que hace”. Hablan en voz alta imaginando que nadie los entiende. De repente aparece, como una epifanía, un cliente que sale satisfecho de una de las cabinas y suenan las voces de sorpresa, tal pareciera que pensaban estar de verdad en un museo y les parece inconcebible que alguien hubiese pagado por los servicios de una de las señoritas de la noche (muy guapa, por cierto). Una de las abuelas dice “pero que este hombre ha pagado por una puta”, las señoras ríen divertidas, los adolescentes bajan la mirada para ocultar los mofletes encoloretados. El hombre apresura el paso y aprieta con fuerzas los párpados ya de por si a medio abrir (había olvidado mencionar que el hombre era asiático), como si pudiera ocultarse cerrando si mirada. Sigo al hombre que busca perderse entre la gente hasta que lo veo desaparecer en la puerta de un bar. Decido que es mejor ir a dormir.
Pasar mucho tiempo en el barrio rojo puede ser estresante y siempre es bueno alquilar una bicicleta y buscar un poco de aire en los barrios periféricos, o quizá sentarse a jugar al intelectual en el Jordaan. Pero el regreso es inevitable. Se desocupó una cama en el hostal de mi reservación y la falta de dinero obliga (una cama en un cuarto con otras 11 camas, 28 euros la noche).
En el negocio del sexo hay de todo y para todos. La discriminación (ese concepto económico que dice que para ganar el mercado hay que dar cosas más finitas más caras y cosas mas corrientitas más baratas, pero que hay que producir de todo para poder quitarle su dinero a todos) funciona. Para los que no tienen euros para pagar los servicios de una trabajadora social, o los fanáticos del sexo ultraseguro, existen unas cabinas que, casi a la vista de todos, le permiten al interesado rentar un DVD, cerrar una cortinita, ver su película y proceder al autoservicio. Como dije, esto es casi en la calle por lo que pude examinar algunas de estas cabinas y noté algo curioso: hay un contenedor del cual se pueden extraer pañuelos desechables para proceder a la limpieza, sin embargo no hay bote de basura, o sea, la gente tira los kleenex al suelo.
Cada tanto un encargado de limpieza pasa por las cabinas recién abandonadas, armado con una escoba y un recogedor para llevarse el producto de la soledad. De verdad espero que nunca nunca tenga que trabajar en algo así.