La cascada de Malasaña
Cuando uno llega a vivir a una
ciudad distinta a la suya, en ocasiones es difícil saber qué
se puede esperar. Entre muchos extranjeros que por diversas
razones nos encontramos viviendo ahora en Madrid parece
existir un denominador común para la descripción de esta
ciudad: Madrid es un pueblo enorme. Es decir, tiene todas las
características de un pueblo y a mí en particular la gente me
termina por recordar a los provincianos del centro de México.
Mi percepción particular puede
estar muy sesgada. Es decir, cuando uno ha pasado gran parte
de su vida en una ciudad de casi 20 millones de personas,
cualquier cosa puede parecer pequeña después. Sin embargo,
esta percepción no es privativa a mí, eso misma percepción
existe entre franceses, colombianos, ingleses, etc, etc, etc.
¿Cómo se puede dar cuenta de estas cosas? Primero, es
increíble la facilidad para encontrarse gente en la calle. Si
uno está en Madrid y tiene un conocido que también pasa algún
tiempo por aquí, es seguro que no necesitará hablarle por
teléfono para agendar un encuentro, tarde o temprano se lo
encontrará, caminando por la Gran Vía, en el metro quizá,
tomando el sol en el Retiro o bebiendo una caña en algún bar.
Así de fácil.
Pero hay otras cosas, en
particular el carácter de los madrileños. Madrid es una de las
ciudades más importantes del mundo, ni qué decir, pero su
gente es gente de barrio, gente que se conoce, gente sencilla.
A veces agrestes y en otras gentiles, los madrileños son por
lo general gritones. Gritan por todo y ante la menor
provocación. En ocasiones he visto peleas verbales
encarnizadas que en México hubieran llevado irremediablemente
a los golpes. Aquí no, la gente se grita por el placer de
hacerlo y no necesariamente significa que estén molestos (o
quizá si, hay algunos madrileños que parecen eternamente
enfadados).
Esto me lleva a pensar en uno
de los problemas más serios de la vida madrileña: el ruido.
Madrid es ruidoso, muy ruidoso. Siempre hay algo en
construcción cerca de cualquier lado y uno tiene que
acostumbrarse al constante martillero de las máquinas que
rompen el concreto o de los trabajadores que dan forma a las
losas. Hace dos semanas terminaron de construir un edificio a
un lado de mi piso en Puerta de Toledo y hace una semana que
iniciaron trabajos para reconstruir las banquetas.
Aparte del ruido de las
construcciones está el ruido de la fiesta. La fiesta madrileña
no es un mito, es real y sucede a todas horas. En esta ciudad
la gente se toma unas cañas por la tarde en el bar del barrio,
los jóvenes copean en la calle –acto conocido por todos como
“el botellón”—en las primeras horas de la noche, hacen la
marcha caminando de bar en bar –en esta ciudad hay más bares
que iglesias en París—y luego se meten a una discoteca hasta
que esta cierra –a las 7 u 8 de la mañana. Incluso, los
afterhours aquí abren a las 5 de la mañana y cierran a las 12
del día. Como resultado, siempre es fácil encontrar un grupo
de jóvenes escandalosos.
Aquí vuelvo al carácter
pueblerino y gritón de los españoles. Hace unos días me
invitaron a la fiesta de cumpleaños de una chica griega que se
encuentra de intercambio. No éramos muchos, 13 personas quizá,
entre los que se encontraban algunos italianos con altavoces
integrados. A las 12 de la noche se transmitía la final de
Eurovisión, un concurso de cantantes europeos bastante
marrascapache. Ganó Grecia. Entre las celebraciones de las
chicas griegas se escuchó un golpeteo intenso en la puerta. Al
abrir nos topamos con una vecina que rondaba los cincuenta
años de edad, reclamando por que no podía dormir, argumentando
que después de las doce no se puede hacer ruido en el edificio
y amenazando con la llegada inminente de la policía. Todo a un
volumen de voz que por si sólo bastaba para despertar a toda
la cuadra. Después de que la vecina se calmara y regresara a
su piso, esperamos prudentes unos minutos para dejar la fiesta
e iniciar la marcha en otro lado. Al salir del edificio fuimos
bombardeados con increíble precisión con un arsenal de globos
llenos de agua, mi roomate francesa fue la más perjudicada.
¿Es esto un hecho aislado? No
lo creo, las protestas con agua parecen ser una cosa común.
Cerca de Callao hay una discoteca que se llama Bar&Co, en
la zona de Malasaña, zona por lo demás repleta de lugares de
música, tragos y ligue. En la entrada de esta discoteca hay un
aviso escrito en computadora sobre papel bond. “Al salir
traten de no hacer ruido, la vecina avienta agua”. Salimos de
ahí a las cuatro de la mañana, en la entrada del lugar el
grupo se despedía y el portero nos invitaba a guardar silencio
señalando el cartel. La reacción no tardó más de un minuto,
repentinamente una cascada comenzó a caer desde el edificio de
enfrente. Deben haber sido cuatro cubetas de agua las que
cayeron desde el tercer piso, afortunadamente con muy poco
tino.
Esto es Madrid, una ciudad
ruidosa, marchosa y donde la gente, como en las antiguas
novelas de picaresca, defiende sus derechos a punta de
cubetazos.